La esquina del gordo

Paco Carrillo

El flautista de Hamelin

Los inteligentes derivan de un escepticismo integral producto de la observación

Alguien habrá dicho alguna vez que el silencio es el discreto desdén de los inteligentes. Espere, espere, no me olvido que también se escudan en él los cobardes, los incapaces y los oportunistas a pesar de que este grupo tienen, a la corta o a la larga, su punto de ebullición bien dando cuchilladas por la espalda o haciendo propias estúpidas ideologías. Los inteligentes, no. Los inteligentes derivan de un escepticismo integral producto a su vez de la observación constante de los seres humanos. Y por eso están en silencio, porque por mucho que se aventure, tanto la estupidez como los huracanes son imprevisibles

Lo digo ahora por lo que está ocurriendo en Cataluña. Parece que allí todos sean analfabetos estelados. Y no es así. Creo que la mayoría son inteligentes en silencio, precisamente porque al menos han leído 'El Flautista de Hamelin'; han asimilado la primera parte y saben que en la segunda no solo desaparecen las ratas, sino que por la codicia de los mandamases desaparecieron hasta los niños, es decir la inocencia y el futuro de aquel pueblo alemán llamado Hamelin. Los que guardan silencio asumen la inutilidad de luchar contra la avaricia y la algarabía que producen 'las mayorías' indocumentadas.

Los hermanos Grimm no detallan en ese cuento qué les pasó a los políticos que provocaron la reacción del flautista; quiero decir si el pueblo siguió votándolos o si terminaron ahogándolos en el mismo río que a las ratas como ratas que eran. Ese es el drama cuyo final lógico es el que usted está pensando o deseando en silencio porque ha ido aprendiendo que su opinión, su libertad se estrella en los muros con que se blindan los truchimanes que lo invaden todo, incluso las conciencias.

Creo que los árabes suelen pensar que 'todo está escrito' cuando se refieren a la fuerza del destino, pero ahí no entro; en cambio hay que asumir que lo que ocurre es la única cosa que podía suceder; es decir, que nada, pero nada absolutamente de lo que nos sucede en nuestras vidas podría haber sido de otra manera. No existe el: "si hubiera hecho tal cosa… si hubiera sucedido tal otra…". No. Lo que pasó fue lo único que pudo haber pasado. Mientras no se aprenda esa lección jamás podremos seguir adelante. Otra cosa distinta es que se acepte con resignación o que se rechace con desprecio lo que haya ocurrido; claro que estos matices dependerán siempre del momento, y el momento, como los huracanes, ya digo, no los controla nadie.

Y que en Cataluña no haya ningún muerto. Sería el banderazo de salida para volver a lo que aún se esgrime de la guerra incivil: héroes contra asesinos, curiosamente las mismas palabras que emplean los de un bando como los del otro y que mientras que se siga manteniendo no se cerrarán las heridas.

Pero, bueno, a pesar de que no pueda decirse que esta es otra historia porque la de hoy viene siendo -¡todavía!- la misma que siguen arrastrando los cerriles que no la vivieron y siguen empeñados en asumirla como herencia, ¡que ya hay que ser estúpido y no haber leído, siquiera, "El Flautista de Hamelin" para sacar conclusiones!

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