Un día en la vida

manuel barea

La camarilla

Resulta impúdica la noción pandillera que tienen muchos políticos de la gestión pública, como si les resultara imposible ejercerla junto a desconocidos eficaces bajo tratamiento de usted y con los que la afinidad y la sintonía brotarán y aumentarán a medida que el trabajo se haga con rigor y decencia y, sobre todo, con el sentido común que exige el cargo. Pero no, tienen que rodearse de compadres. O de compinches. Gente, como suele decirse, de su misma cuerda. No importa la magnitud del poder que se les ha conferido, tanto si trasciende por su influencia más allá de las propias fronteras o si está limitado a un ámbito mucho más doméstico. Como jefe de una camarilla política queda ya un paradigma en la historia contemporánea: Richard Nixon. Pero en sus aledaños, seguro que cualquier vecino encuentra algún caso mucho más cercano. Por ejemplo, el ex alcalde de mi pueblo, que llegó a mandar mucho, en tiempo y forma, también gustó de ejercer el poder así, rodeado de su basca. Ahora cumple condena en la cárcel. No es que necesariamente una cosa lleve a la otra, pero suelen confluir con más frecuencia de la que creemos. En los despachos donde se cuecen los negocios del poder la lealtad y la fidelidad, que no son más que adulación disfrazada, tienen la solidez del humo que sale por la chimenea de un crematorio.

Y es que con la excusa de que sus "más estrechos colaboradores" tienen que ser "gente de confianza", el jefe convierte el ministerio, la consejería, la alcaldía -lo que toque- en algo parecido a una peña. El ministro del Interior también es de ese corte. O al menos fue lo que quedó patente tras su designación. Lo mismo da que el presidente del Gobierno lo hubiese nombrado ministro de Agricultura o de Justicia, esto es lo de menos: habría tenido a mano negociados para repartir entre su clan, entre varios de los suyos, formado por calcos humanos de sí mismo, con un perfil, un estilo, un talante y por supuesto un origen -esto es clave- casi idénticos al de él. Es un procedimiento que facilita después al jefe, pero también al resto del grupo, reconocer a cada miembro como uno de los nuestros. Esa pertenencia a la panda es un blindaje. Una vez dentro tienes que hacerlo estrepitosamente mal -es decir, poner en peligro la existencia de la grey- para no contar con el abrigo y el calor de los colegas de la pandilla en medio de la nevada. Aunque te lleguen vía móvil o por e-mail, porque en la ciudad en la que estás a solaz las conexiones telefónicas e internet funcionan rematadamente bien.

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