Balas de plata

Montiel de Arnáiz

Vidas de radio

Prefería la radio amable, la que ayuda y cuida el corazón, el carnaval, el deporte y la política

Pasamos del Día de la Radio al de los enamorados y uno no puede sino pensar que en realidad hay ciertos lazos invisibles, una conexión inalámbrica y romántica, entre ambos. Los que amamos la radio disfrutamos de un San Valentín perpetuo, de un doble día del amor hertziano. Recuerdo mi primera vez con un transistor: yo era un niño que dormía en litera, concretamente en la de abajo. Una noche que mi madre nos había mandado a mis hermanos y a mí temprano a la cama escuché risas y ruido en el salón, así que me levanté, como han venido haciendo desde siempre generaciones de incansables chiquillos que no tienen sueño y aborrecen la coliflor. Mi tío Pedro había venido a casa de visita inesperada, como solía hacer, tras un viaje a las Islas Canarias. No sé bien por qué me enseñó una pequeña radio gris y rectangular con una rueda dentada negra para elegir dial, y tampoco sé por qué razón acabó regalándomela.

Gracias a esa radio pude investigar bajo las sábanas las diferentes emisoras que captaba: desde los programas nocturnos de llamadas anónimas de Santiago Muñoz y el de cine de mi vecino José Carlos Fernández Moscoso en Radio La Isla (la radio con sal) hasta los noticieros y magacines de la madrugada, pasando por El Larguero, de José Ramón de la Morena. Nunca me gustó Supergarcía: me parecía un tipo chulesco y maleducado, al igual que Carlos Pumares, al que la gente preguntaba por películas ficticias para indignarlo. Prefería la radio amable, la que ayuda y cuida el corazón, el carnaval, el deporte y la política, y me valí de unos auriculares que evitaran que mi madre escuchara susurros velados en mi dormitorio y me mandara apagar el transistor, ese mismo que me regalara mi tío Pedro Montiel.

Con el tiempo, la radio me acompañó en mis viajes en autobús a la facultad de Derecho de la que regresaba a casa pasado ya el crepúsculo. Fue ahí, en esa odiosa época llamada adolescencia -odiosa, por precisa- en la que tomé la costumbre de grabar de la radio las canciones que me gustaban en un radiocasete con platinas, haciendo compilaciones que con el tiempo pasaron del pop al rock y de ahí al metal, mediante la escucha del programa de la Emisión Pirata, que empezaba a las once de la noche.

Tuve suerte y he podido participar en muchos programas de radios, disfruté de ese gusanillo que no cesa que es el contacto radiofónico con el oyente, esa suerte de amor auditivo que todos atesoramos y seguiremos teniendo, aunque sea a base de podcasts, logrando mantener incólume y vivo el romance con la radio pese a nuestro ocupadísimo horario de adultos que volverán a ser niños. La radio ha estado ahí siempre envolviéndonos en su manto romántico y tenue, como una madre imprecisa y eterna que vuela de hilo en hilo, que corre paralela, al ritmo de nuestra relampagueante y radiada vida.

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