Laurel y rosas

Juan CArlos Rodríguez

El Puente Chico cumple medio siglo

Ese ente múltiple y polifacético que hemos dado en llamar la memoria colectiva es, como la más íntima y personal, también caprichosa. Más bien, selectiva y antojadiza. No ha reparado en que esta misma semana hemos cumplido cincuenta años recorriendo el que todavía seguimos llamando Puente Chico, ese brazo que La Banda echa al Lugar para que nunca lo abandone. Cincuentas años en los que lo han atravesado ilusiones, sueños, traumas, hambre, dolor, risas, amantes. Tantos encuentros, tantas vidas. Tantos ir y venir sobre el río Iro que, sin él, habríamos sido otra ciudad y puede que hasta nosotros hubiéramos sido otros. Siempre he sentido querencia por ese puente, por este puente en su sencillez, en su humildad, en su eficacia. En esa arquitectura sin oropeles, en esa plataforma que concibió José Guerrero Fernández, ingeniero municipal, inaugurada el diez de febrero de 1968. Y que, desde entonces, ha debido soportar con temblor -el mismo que a veces se nota al cruzarlo- el agravio comparativo de aquel otro puente tan bello en su estampa, tan añorado, que fue derribado, más que por los daños de la riada, por el ensanchamiento del cauce del río. Lo bello no dura.

La Riada de 19 de octubre de 1965 marcó, ya lo sabemos, indeleblemente a la ciudad. Las aguas se llevaron sueños, ilusiones, arrastraron dolor y ajuares, pero apenas hubo trauma que no se recompusiera con el tiempo. Como las botas de vino de Juanete que cruzaron las calles la Fuente y Vega, y acabaron en las Albinas, aunque nos guste pensar que llegaron a varar en orillas de Canarias. El miedo fue lo único que no pudo recuperarse. Pero la escena ciudadana, el paisaje de la ciudad, perdió hitos que nunca se recompusieron. Desaparecieron para siempre. Ese Puente Chico con arcos de herradura que diseñó el ingeniero militar José de Aguilar y se inauguró en 1928 fue el precio que la ciudad tuvo que pagar, junto al Teatro García Gutiérrez, para que el cauce ganara metros y seguridad. Y surgió este otro Puente Chico, esta pasarela de la Victoria que nadie nunca nombró así: solo aquel ayuntamiento, el alcalde Agustín Herrero, el gobernador Santiago Guillén, y solo ese día de la inauguración con su protocolo oficial y sus guardias municipales custodiando las escaleras en la Banda y el Lugar para que nadie cruzara antes que el himno nacional.

Y no se le llamó Puente Chico por recordar ese otro que desapareció, sino porque ahí, prolongando la calle Vega hacia "la Ribera del río" -que era como se llamaba ya en 1768 la calle que hoy conocemos como Carmen Picazo y que, muchos, seguimos nombrado todavía como el "22" de Diego Vela- ya había en agosto de 1810 una pasarela o pontón que todos llamaban Puente Chico. Así lo escribió Francisco Manjón Rodríguez en la que denominó "Memoria histórica descriptiva de la capilla de Santana" (1870), rescatada por Jesús Romero Montalbán. En el "Diario Mercantil de Cádiz" hallé un aviso incuestionable: "En Chiclana se vende a voluntad de su dueño una hermosa casa con otra a la espalda, con comunicación y para desahogo, situada en la orilla del río en la Banda, frente al Puente Chico". Claro que aquel puente era de madera, de pilares frágiles, tanto que exigían reconstruirse como un mecano cada vez que las crecidas del río Iro hacían mella. Hay testimonios que en 1840, en 1854, en 1890 o en 1891 hubo que ir hasta las Albinas por los tablones.

En un pasquín que describe el "Partido Judicial de Chiclana de la Frontera", datado hacia 1900, se incluye una fotografía titulada "El río Lirio y el Puente Chico" en la que se describe exactamente así: una leve pasarela de madera sobre nueve pares de postes que parecen rodrigones más que troncos de pino. En 1916 y en 1920 volvió a desaparecer arrastrado por la crecida. Ese sería el último pontón de madera. El concejal Antonio Andrade Polanco promovió en 1923 uno, por fin, de cantería. Fue el ímpetu del alcalde Sebastián Martínez de Pinillos y Bel quien sacó adelante en 1928 el puente "de elevado orden técnico y ornamental" que la riada de 1965 borró del paisaje, aunque no pudo hacerlo de la memoria. Casi dos años y medio después reapareció en su lugar este que aún hoy cruzamos, pero con nueve metros más el cauce del río.

Tomás Collantes, el alcalde en 1965, lo encargó en noviembre de 1965 al ingeniero municipal José Guerrero Fernández. El proyecto ya estaba redactado en febrero de 1966. El Consejo de Ministros lo aprobó con un presupuesto de 6.300.000 pesetas. Y a finales de 1967, ya estaba construido. El diez de febrero de hace medio siglo volvía a abrazarse La Banda y el Lugar. Eran -son- 57 metros por los que de nuevo cruzaba la ilusión, la alegría, amantes al encuentro, los que venían al Mercado, los que íbamos a San Fernando. Su hermano mayor, el Puente Grande, por mucho que se le denominara oficialmente Nuestra Señora de los Remedios, aún debía esperar más de un año para abrir al tráfico una N-340 que cambió de trazado y costumbres la vida de Chiclana.

Ningún puente ha cumplido en Chiclana medio siglo, solo este Puente Chico, tan somero, tan ligero. No es todo la apariencia. Quien resiste, gana.

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