Calle Real

Enrique Montiel

Pobres

Nuestra riqueza está en la humanidad, en la cercanía y en la mirada amorosa....

Hubo un tiempo en que en la ciudad había hambre, hambre de verdad. Hubo un tiempo triste en esta ciudad de sol y aire limpio, huertas, esteros, salinas y caños. La hubo, yo lo vi. Era un niño. En mis recuerdos de niño se alternan las imágenes alegres de mi casa, de la mesa del almuerzo con todos y el trajín de mi madre, de la luz que entraba por la ventana y el balcón abiertos, y los pobres que subían mi calle todos los domingos, días de guardar y patrióticos. Porque en la casa contigua a la iglesia de San Antonio, derruida, sin techos, poblada de gatos su nave con arbustos y una higuera, en lo que bien pudo ser la casa del cura, techada, en mejor estado, la señorita Antonia Márquez cocinaba para los pobres. Enlutada y sonriente, con una sonrisa franca, la señorita Antonia, como era conocida en la ciudad, pedía para dar de comer a los pobres. Ella lo hacía todo, pedir, cocinar, fregar. Era su obra santa, su modo de ser cristiana. Alentada por el Padre Gaona, párroco de la iglesia Mayor. Quien nos pedía a los niños de la parroquia que fuéramos a ayudarla, servir los platos, recogerlos, estar con los pobres.

Como digo, esos domingos y días de guardar, que se decía, y patrióticos, el uno de abril, el 18 de julio, otros, los pobres se acercaban a San Antonio. Vestían casi todos de negro, en especial las mujeres, que me parecían muy ancianas, con sus tocas negras sobre los hombres, sus pañuelos negros sobre sus cabezas. Estos pobres no eran las otras maneras de llamar pobres a las personas. "Pobre hombre, su hijo se mató en un accidente", se decía. "Pobre mujer, qué mala suerte ha tenido con el marido". Y así. Digo que esos "otros" pobres no iban a San Antonio a que yo les sirviera el plato de potaje que cocinaba la señorita Antonia. Pero todos los pobres tenían algo en común, lograban una especie de "invisibilidad", que se diría con palabra de hoy. Como los enfermos. De Parkinson o de cualquier otra. Hemos pasado de una invisibilidad a otra. Quienes no tienen nada no suelen dar gracias a Dios, que se decía con palabras de antes. Sencillamente no quieren mirar, no quieren ver que hay una humanidad doliente, enferma que requiere de nuestra mirada amorosa y comprensiva. Como hemos aprendido este año con motivo del Día del Parkinson. Somos una familia sobre la tierra pero parecemos la diáspora de los afectos, la ceguera de la ternura. Cuando la pobreza -de ayer, de hoy- es una línea muy delgada que de pronto culebrea por los días.

Pero somos seres para la vida, para la luz. Nuestra riqueza está en la humanidad, en la cercanía y en la mirada amorosa a quienes tienen el mal de Parkinson o se encuentran en el listado de los males.

Siento mucha felicidad recordando los días de San Antonio, las señorita Antonia y aquellos pobres que volvían a sus vidas con una naranja en el bolsillo y una comida caliente cocinada con mucho amor.

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