El Alambique

manolo morillo

Peripatético

Dejando a un lado a los seguidores de la filosofía de Aristóteles, quien fundó, en el Liceo de Atenas la escuela peripatética en el año 335 a. de C., pienso es buen momento una vez pasado el rubicón de las celebraciones de la Patrona -que siempre marca en El Puerto un antes y un después-, a que reflexionemos sobre lo efímero de lo ya pasado y elucubremos sobre lo supuestamente infinito del porvenir.

En nuestra ciudad hace ya muchos años que nos encontramos en medio de casi todo e inmersos igualmente en el extraño destino de enfrentarnos a caer en el bucle de cualquier agujero negro que quiera darse un chapuzón sin bañador en la playa de la Puntilla por poner un ejemplo.

Tocamos con la punta de los dedos el maná que nos lloverá del cielo y de todas las Administraciones habidas y por haber anunciando una y mil veces que estamos colocados en la 'pole position' de la Bahía, y resulta que lo que nos están colocando unos y otros son estampitas de San Judas Tadeo, ese santo varón al que se suele recurrir para los casos difíciles y desesperados.

A nosotros, a los sufridos ciudadanos de a pie nos encanta el pan y el circo como a cualquier hijo de vecino porque «El hambre endulza las habas» o, como diríamos ahora: «Al buen hambre no hay pan duro». Y precisamente es pan duro lo que nos estamos comiendo en El Puerto un día sí y otro también. El circo del veranito -tan necesario como el yantar- no puede alejarnos de las entelequias que nos rodean. De demagogia y pan frito están nuestras casas de vecinos hasta los colindrones como diría Pelayo el del bar El Asturiano de las sobremesas televisivas.

El postureo y los 15 minutos de gloria que el artista plástico y cineasta Andy Warhol reivindicó para todo el mundo están ya más que cubiertos en nuestra ciudad. Ahora toca arremangarse -todos- y dar a los pedales hasta reventar, porque nuestra bici, tan cascarillada ella después de tantísimas caídas, todavía tiene chance para estar en la primera línea de salida. Nuestra reflexión post veraniega nos lleva a pensar que hacer lo contrario sería ridículo y/o peripatético en la más amplia acepción castellana, y no creo que los porteños nos merezcamos semejante vulgaridad.

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