Tit de la columna

Paco Carrillo

Pasarela Congreso

Alos antiguos Desfiles de Moda ahora por aquello de estar a la última, se denominan Pasarelas: Primavera-Verano de París, de Nueva York, de Milán y en ese plan. Así se han hecho célebres la Pasarela Gaudí, la Pasarela Cibeles, la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid (que no sé si es la misma pero suena mejor), etcétera. Desde que vi El diablo viste de Prada, con una insuperable Meryl Streep, les tengo un respeto imponente; pero, bueno no me enrollo más y a lo que voy: a que en las pasarelas de moda se exhiben monerías, incluida la Congreso, dicho sea con todos los respetos hacia los primates del suborden de los antropoides. Conste: adoro las pasarelas.

La Pasarela Congreso, aparte de escaparate para los encamisados, los mudos, los calienta-butacas y los descabezadores de sueños, está especializada y concebida para pasear ombligos. Eso he dicho: ombligos; aparte de otras pornografías como los celos y los besos de desagravio. Se dicen: -Mi ombligo es más redondo que el tuyo-. Y en eso consiste la diferencia de ideologías. Lo demás no pasa de ser intereses particulares.

La realidad es que entre tanto ombligueo, lo que empezó con la idea de ser una democracia, se ha convertido en un teatrillo de chichinabo por culpa de los egos, que es el resultado que queda cuando cada cual está convencido de que solo su ombligo merece todos los honores y respetos. Sin embargo para describir la situación sin cargar las tintas, en esa Pasarela no existen modelos indiscutibles, sino políticos interruptus, es decir, autómatas pendientes del botón del voto, podría decirse. Pero no son autómatas, sino autócratas, como corresponde a todos los que se creen ombligos del mundo. Puro maximalismo.

Uno, servidor, a veces se pregunta si alguno de esos llega a plantearse, siquiera en el plano teórico, si entre sus obligaciones está en servir a los que dice representar y de los que cobra, y si alguna vez se mira al espejo sin avergonzarse de su inutilidad; si en un arranque de valentía se reconoce títere de un sistema falso que sólo a él beneficia. Si así fuera no estaría contribuyendo a que esa Pasarela, esté dividida en dos, donde ni las ideologías de la derecha ni la de izquierda -caso de que existieran- deciden algo que resulte benéfico para los que pagamos sus facturas. La división se establece entre los que gobiernan sin saber y los que se contentan poniendo palos en las ruedas para que nada cambie para ellos.

Desde el 'no es no' del estafermo errante, los besos a tornillo de los coleteros y la costra decimonónica de los del impasible el ademán, la Pasarela ombliguera -que nunca fue espejo de virtudes, sino reflejo de la España más profunda-, definitivamente se ha convertido en una tertulia amañada, casi Crónica Rosa, donde un espabilado o un grupito de ellos se asegura un buen vivir sin someterse a ningún tipo de responsabilidad y con la facultad de promulgar y modificar leyes a su voluntad. Claro que esto se llama autarquía, sistema que han empleado los reyes absolutistas, los dictadores y todos los tiranos del mundo, incluidos los que fueron votados en las urnas. ¿Verdad, Adolf?

¿Pasarela Congreso? Putiferio. Sin paliativos.

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