Un día en la vida

MANUEL BAREA

Misóginos

Lo único que tendríamos que hacer es llevarnos bien con las colegas. De igual a igual. Es decir, normalizar la situación obviando la entrepierna de cada cual y mirándoles a la cara. Sólo eso. La mayoría creemos que lo hacemos, pero es mentira. Esa pátina de curtido paternalismo con la que nos bruñeron en cuanto la matrona nos palmeó nuestro arrugado culo de varón no nos la quitamos ni con agua hirviendo. Hasta dando consejos somos patéticos, con ese sentimentalismo barato con el que disfrazamos nuestra arrogancia cuando nos da por ponernos tiernos. ¿Tiernos? Mejor sería decir babosos.

Lo que ocurre es que nos puede la misoginia. O sea, que nos cagamos vivos con el mero hecho de pensar que al lado o enfrente hay una mujer y no otro tipo como nosotros. Que otro hombre nos rebata una opinión, nos pulverice un argumento y hasta nos supere en categoría laboral tiene cura: basta con un par de lingotazos al caer la noche en el bar favorito, incluso compartiéndolos con el competidor en una suerte de tercer tiempo. Pero que lo haga una mujer… La convalecencia no tendrá fin y dedicaremos horas de insomnio a elucubrar con los méritos de ella para conseguir superarnos en el escalafón: concluiremos finalmente para consolarnos, mientras nos lamemos las heridas de caballero demediado, que contra esas artimañas femeninas no tenemos nada que hacer. Y ni que decir tiene que si la persona que decide el ascenso profesional de uno u otra es una mujer determinaré si se decanta por mi oponente que tiene un motivo muy burdo: lo hace porque es otra tía y así joden al varón entre las dos, por puto machista. Por el contrario, si me elige a mí convendré que se guía por mi experiencia, rigor, capacidad, etcétera, y no se ha dejado influir por esa mierda de las cuotas. En el tercero de los casos, que el jefe de personal sea un tío -puede que hasta uno de esos que le pregunte a ella en la entrevista si tiene intención de quedarse embarazada-, no se me pasará por la cabeza ni siquiera un segundo que me haya preferido a mí porque también sea, como él, hombre (con serias dificultades para quedarme embarazado), sino porque de la misma forma que he dicho que lo haría esa supuesta jefa de personal -si existen mujeres en ese puesto deben ser de una rareza similar a la de las orquídeas negras-, también sería por mi experiencia, rigor, capacidad y todo el etcétera.

Y así, con el ego inflado y la vanidad hinchada como sólo se inflan y se hinchan la papada y la barriga de un hombre todavía osaré preguntarme por qué organizan las mujeres un 8-M como el de ayer.

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