Balas de plata

Montiel de arnáiz

Haciendo manadas

Una manada de adalides de la justicia ha venido utilizando el argumento del 'in dubio, aporreo'

Se acerca sigiloso el 25N, día en que anualmente se denuncia la violencia machista, y nos vemos superados (desbordados, indignados, elija usted) por un juicio mediático y sanferminesco en el que sus participantes afirman que el otro miente y que -como en el matrimonio- lo importante es el consentimiento libremente prestado. En paralelo (juicio), un ejército de opinadores de titular de periódico viene valorando cada paso del proceso judicial desde su ignorancia y desconocimiento del mismo, abordando cada decisión jurispericial bajo la perspectiva de su ideología -las gafas de género y todo eso- o de su propia trayectoria vital.

Sin estar personados en una causa criminal de la que no conocen declaraciones, informes y pruebas, una manada de adalides de la justicia material ha venido utilizando el célebre argumento del "in dubio, aporreo" que no es sino la versión feministoide del "algo habrá hecho". Son malos tiempos para la lírica y para la presunción de inocencia, incluso no siendo un político el encausado, que ya es decir. Si uno replica la segura culpabilidad de un presunto violador con el argumento del derecho del denunciado a no tener que probar su inocencia, es tildado de machista; si otro esgrime el derecho fundamental de los investigados a utilizar los medios de prueba que tengan a bien para su defensa, deviene en fascista.

Resulta difícil -o quizás no tanto- comprender tanto odio, tanta falta de fe en la justicia y sus representantes, que retrotrae nuestra memoria a los juicios sumarísimos, la leña apilada de la inquisición y los fusilamientos al amanecer. El problema es la falta de paciencia democrática: si una joven de dieciocho años denuncia haber sido violada por cinco prendas malencarados, éstos tienen que ser inmediatamente considerados culpables a priori y, por ende, privados de derechos constitucionales; habrán de publicarse sus nombres y apellidos (y no sus iniciales) y sus rostros de asquerosos violadores poblarán las redes sociales. Lo malo es que sus malditos picapleitos intentarán defenderlos -¡habráse visto!- aún a riesgo de contradecir la versión de la denunciante con medios que pueden victimizarla, y el juez -sin duda, refractario del nuevo régimen democrático- errará como un novato al admitir la prueba del culpable y rechazar la de quien sólo puede ser víctima inocente.

Es necesario otorgar más formación al ciudadano sobre sus derechos y deberes mediante una asignatura de Educación para la Comprensión de la Justicia o algo parecido. Puede que así acabáramos con las manadas de bárbaros que pisotean la dignidad de una mujer y con aquellos otros que hacen manadas de trolls en cada juicio, ésos para los que la justicia es sólo un obstáculo en el sendero de la venganza.

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