La esquina del gordo

Paco Carrillo

Creer o no creer, esa es la cuestión

A muecas se reducen la mayoría de los comentarios que circulan por las redes

Sí, de acuerdo, Shakespeare se refirió al ser, pero como a la postre el ser depende de sus creencias y estas son siempre subjetivas, es suficiente con repasar el Diccionario y leer la primera de sus acepciones: "Creer: Tener algo por cierto sin conocerlo de manera directa o sin que esté comprobado o demostrado". Después, para enredar la cosa, habría que añadir, si en lo que se cree existe alguna verdad inalterable o sólo es una actitud temporal, conveniente o, en general, de interés para el creyente. De ser así es normal que haya tantas doctrinas y tantas ideologías para presumir de ellas o para denostarlas. Cambiante que es el ser humano y, a poco que haya vivido se llega a la certeza de la insoportable levedad del ser y que por ese camino es fácil llegar a la conclusión de que tanto las verdades como las mentiras siempre esconden algo.

Bastaría echar una mirada panorámica, anotar nombres conocidos y en qué circunstancias se conocieron para dibujar -siempre subjetivamente, claro- el genoma de quienes un día fueron abrazos efusivos y al poco tiempo descalificaciones sorprendentes cuando no indiferencias sospechosas. Y no diga: ¡váyanse al carajo! porque entonces, el que así se expresa será acusado de resentido, sin serlo, y confundir resentidos con escépticos se lleva mucho esta temporada.

No niego que todo esto no cuadre estrictamente con el rol que se le supone a un opinador de provincias; que la función de éste sea comentar el estado de las alcantarillas de su pueblo, si está invadido por las ratas gracias al grado de suciedad que arrastra, o la incapacidad de gestión para mejorar su economía y, miel sobre hojuelas, celebrar con palmas y olivos las paridas de sus ediles/as, como corresponde al talante servil de nuestro estilo (perdón, borre lo de servil y sustitúyalo por subordinado). Puede que lleve razón el que esto piense, pero como estamos tratando de creer o no creer, todo se reduce a la voluntariedad de los que se preocupan en destacar y hacer méritos, viviendo como alfombras con la esperanza puesta en que, una vez muertos, pongan una calle con su nombre, no por sus méritos personales, sino por la creencia generalizada de confundir el talento por los trienios acumulados.

Claro que a falta de ideas todos los argumentos se convierten en gestos, y de los gestos a las muecas solo hay un paso. A muecas se reducen la mayoría de los comentarios que circulan por las redes -unos más grotescos, otros más dramáticos-, convertidos en el verdadero termómetro de una sociedad desquiciada donde lo doméstico se convierte en una anécdota que, en la mayoría de los casos, ni sirve de atenuante, sino de todo lo contrario.

Si 'ser o no ser' depende de las creencias, 'creer o no creer' queda también en entredicho. Lo prudente sería 'creer para descreer' y reconocerlo con humildad; lo absurdo es mantener la infalibilidad de lo que pudo ser un comportamiento, una ideología o una doctrina válida que los hombres, en su aplicación, la mal interpretaron hasta desvirtuarlas, bien por falta de preparación, por fanatismo o por intereses inconfesables.

Ahí está la historia. Ni el hombre es portador de valores eternos ni de verdades absolutas.

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