El Alambique

María González Forte

Corazón partío

No sé si somos capaces de entender lo que nos puede caer encima si se desgaja, como si nada pasara, Cataluña del resto del país. Una gran parte de los españoles no somos capaces de digerirlo. No porque seamos torpes, sino porque no entendemos que la necedad de algunos sean capaces crearnos incertidumbres o de cambiarnos el futuro.

Tampoco porque seamos ladrones y les robemos, que yo, como millones de españoles, no quiero nada que no sea mío sino porque tampoco entendemos que gente tan lista, no miren para su patio y asuman cuánto tienen que arreglar de vigas en los ojos de algunos paisanos evadiendo capitales, por ejemplo, antes de mirar nuestras pobres astillas.

Para mí es un esfuerzo terrible- por lo que me duele-, asumir que mi canción favorita, Mediterráneo, de Serrat, que sigo oyendo, o la Sagrada Familia, que tanto me impacta y enorgullece, o el valle de Arán, o el bellísimo delta del Ebro, o ese paseo de Gracia ya no se consideren españoles.

¿Qué cuento a mi nieto pequeño, que en plena clase del Madrid defiende al Barça? ¿Qué cambie de equipo?

Los separatistas catalanes no deberían de llevar a cabo esas elecciones por respeto a tantos, catalanes o no, que no quieren eso. ¿Serán deseos de pasar a la historia o simple ambición de poder? ¿A qué precio?

Divide y vencerás, dice el refrán. Hay demasiada ambición de poder disfrazada de "liberación".

Por ejemplo, oír a líderes separatistas defender el derecho a decidir catalán, "por el bien de todos, incluso de los españoles", cae en el más triste ejemplo de demagogia. Trasluce engaño, palabras vacías, contradictorias, muy bien aprendidas pero que ni ellos deben creer.

Llevar a un hindú o a un uruguayo en las listas para presumir de cordialidad no convence si luego, afinan tijeras.

Este juego de poderes no parece entender que, en momentos en que las sociedades tendrían que estar más unidas que nunca, velando por los derechos humanos y los intereses de todos, las tormentas sembradas provocarán borrascas e inestabilidades de las que se aprovecharán otros que desean vernos desaparecer.

¿Nuestro bien? ¡Anda ya!

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