Encuentros en la academia

Laurentina Gómez Rubio

Buscando a Pipo

Y O creo que todos tenemos algún momento en nuestra vida que es un tanto inconfesable. Yo tengo uno. Y hoy lo voy a contar.

Teníamos un perro negro, precioso. Era un cocker. Tuvimos que salir de viaje y lo dejamos al cuidado de un familiar. El perro estaba loco por salir a la calle pues estaba en celo. Se lo comentamos a este familiar para que no lo sacara del jardín. Lo sacó y se perdió.

Y aquí empieza la aventura para dar con el perro. Después de ir a las clínicas veterinarias y recorrer todos los días las urbanizaciones de las afueras, dimos por concluida la búsqueda. Pero yo no me di por vencida. Había oído decir a una amiga que hay videntes que encuentran de todo. Ella misma me dijo que conocía a uno que había encontrado a un cochino, y que estaba "guardado" en el corral del cuñado (el del dueño, no del cochino). Y me dije a mí misma que si había encontrado a un cerdo, más fácil sería encontrar a un perro negro, pues se ve mejor.

Total, me enteré de dónde pasaba "consulta" y allí me presenté con mi cita previa. Oye, que no es broma: su salita de espera estaba llena. Ahí me sentí agobiada pues pensé en el bochorno que pasaría si encontraba esperando a algún padre de alumno. Pero no, no ocurrió tal cosa. Cuando su secretaria me llamó, pasé a la consulta.

Él estaba sentado en la penumbra que provocaba la luz de un flexo que tenía dirigido hacia la mesa; su mesa de despacho. En ella tenía muchos cachivaches : libros apilados, un crucifijo con peana, una pequeña bola de cristal…

Nos miramos. Me pareció guapo y calculé que tendría unos cincuenta años. Me preguntó que qué podía hacer por mi y le conté lo ocurrido a mi perro. Mientras iba contando, iba pensando en que si era vidente, debía saber a qué iba yo, ¿no? Se quedó callado, dejó pasar unos momentos de silencio y de pronto… ¡se transformó! Empezó a dar cabezadas contra su pecho al tiempo que farfullaba no sé qué retahíla. Se daba con los puños en el pecho con suavidad al tiempo que repetía su mantra. Paró en algún momento y miraba fijamente al techo, con los ojos vueltos. Yo sólo le veía lo blanco.

No sabía qué hacer sentada tan modosita; a veces bajaba la vista hacia mis manos entrelazadas y me culpaba por no estar más concentrada buscando a mi perro con él. Me sentía fatal, fuera de mi lugar, como ignorante y avergonzada.

De pronto aquel hombre se calmó y los aspavientos y ruidos cesaron de golpe. ¡Por fin!

Se aclaró la voz y me dijo que lo había visto cerca de mi casa, a menos de dos kilómetros, en un jardín con niños y pinos. Que estaba con una novia y se llevaría allí unos días y que volvería si yo seguía un ritual que me explicaba a continuación.

Tenía que buscar un rincón en la casa, y en el suelo pondría un círculo con arena de la playa y con piedras. Dentro pondría un plato con agua de la playa. Pondría, además dos velas junto a las piedras y rezaría todos los días unas plegarias que me dio escritas, como el médico que da una receta. Me levanté -lo estaba deseando- y me despedí.

Al salir me estaba esperando la secretaria, me pidió quinientas pesetas y me acompañó a la puerta. Cuando salí, respiré y me sentí libre y decidida a no hacer nada de lo que me había dicho. Creo que lo decidí al pensar que tuviera que decir oraciones raras.

El perro no apareció y perdí mis dineros. Pero la experiencia valió la pena; no siempre se está en la "consulta" de un vidente que encuentra animales… y que alivia a mucha gente, (según me contaron).

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