El Alambique

Libertad Paloma

Bancos

Mucho se ha hablado de las vicisitudes que los bancos -víctimas o culpables de la crisis- han sufrido en los últimos años. Otros bancos, los que hoy me interesan, ya estaban abandonados antes de que llegara esta mala racha.

Los bancos de los parques, de los paseos, de las plazoletas. Los bancos que no cuentan en las estadísticas de salud económica de un país, y que sin embargo dicen tanto de la salud cívica de sus habitantes. Esos bancos fueron desapareciendo -unos- y echándose a perder -otros-, sin que pareciera que nadie los echaba de menos. En los tiempos prósperos dejó de estar de moda sentarse en la calle a ver pasar el mundo, a charlar, simplemente. Un ocio gratuito nada acorde con una época frenética y consumista. Ahora, en momentos más austeros, ahora que eso de recuperar las calles y las plazas comienza a significar algo más que un lema, resulta que no tenemos dónde sentarnos.

Hay algunos, claro, si metemos en el listado a los que están oxidados, a los que siguen sucios mes tras mes, o a los que perdieron hace mucho el respaldo. En un reciente viaje a Escocia, donde, teóricamente, tienen menos ocasiones de sentarse al aire libre, descubrí una sorprendente cultura de bancos. No solo abundan en los lugares comunes, instalados por las autoridades locales. Sino que además, los ciudadanos tienen por costumbre, cuando un allegado fallece, donar un banco en su recuerdo: colocarlo en su ruta de paseo, en la elevación desde la que le gustaba mirar el paisaje, en su plaza favorita.

Me ha parecido un precioso recuerdo para que quienes siguen vivos puedan mirar la vida desde el punto de vista de quien ya se fue. Y un estupendo regalo para sus vecinos.

Propongo un bando municipal para animar a los portuenses a imitar la costumbre escocesa. Y si, de paso, a alguno le da por donar una fuente (¿desde cuándo hay que comprar botellas de agua en los bares o llevar una cantimplora encima para no morir de sed en la calle?), tendríamos una ciudad mucho más amable.

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