Hygge: los placeres del frío

  • Tras 40 años apropiándose del título de país más feliz del mundo, en Dinamarca insisten en que no poca parte de su éxito la deben al 'hygge': la búsqueda del tiempo de calidad y el disfrute de las pequeñas cosas

A mediados de otoño llegan a los librerías los regalos de Navidad para el sector: los títulos que se lo llevarán crudo durante las fiestas. En el Reino Unido, este año, en una respuesta digna de macroorganismo, las editoriales decidieron que la idea por la que apostar era el hygge: hasta nueve títulos recogían las delicias del concepto danés, en un término glóticamente impronunciable que define lo "acogedor".

El concepto llegó primero a este lado del mundo en forma de avalancha librera y en inglés -aunque los grandes almacenes John Lewis ya lo adoptaron como inspiración en 2015-, pero se ha extendido rápido por blogs, suplementos y revistas. Bajo el paraguas del hygge podían florecer perfectos libros de mesa de centro. Little sweet nothings. A nivel editorial, el hygge ofrecía un bocado difícilmente resistible: era un producto que podía venderse a gente que habitualmente "no comprara libros", declaraba recientemente a The Guardian la editora Anne Valentine. Sí, a eso hemos llegado: a tener que encontrar títulos que no se lean.

Como imaginarán, no son sólo los libros los afortunados depositarios -además de algo así como 1500 imágenes catalogadas en Instagram- del concepto. Bajo la etiqueta de hygge se venden jerseys, velas, vino, zapatillas, papel de pared. Existen listas de Spotify hygge. Y, por supuesto -no digan que no lo suponían- el hygge tiene hasta un álbum de colorear monográfico.

Ante semejante despliegue, podríamos decir que de los creadores de la novela negra, la nueva cocina nórdica y el diseño escandinavo al fin llega: la ruta a la felicidad está en vaguear frente al fuego.

Un momento hygge puede incluir velas -los daneses son los mayores consumidores del continente-, calcetines, la chimenea encendida, el olor de la lluvia, del café, del árbol de navidad, del whisky, un bollo de canela, vino caliente (o no), un bocadillo de bacon, un horrible jersey navideño, un perro tontono. Toda la lista de cosas que cantaba Julie Andrews en Sonrisas y lágrimas, en fin, es hygge. Todo aquello que te haga sentir bien, reconfortado. Hygge es lo acogedor, lo acariciante y suave, lo que te aporta un beneficio. No tiene por qué estar relacionado con el invierno pero al invierno debe su razón de ser y en las fiestas de navidad encuentra su temporada alta. ¿Es entonces algo exportable? Mpf. La lógica dice que lo mismo en Escandinavia cerrar las cortinas y hacerse un chocolate es el epítome de la felicidad: en Brasil, por decir, es el epítome de la depresión.

"Otorgarle valor al frío posiblemente sea el rasgo más distintivo de la región, y probablemente el menos exportable", comenta el periodista Michael Booth en el muy divertido The Almost Nearly Perfect People: The Truth About the Nordic Miracle.

Y no se confundan: puede parecer y venderse como algo informal, pero el hygge tiene carácter de ritual y está altamente codificado. No se le ocurra pensar que es pionero de tendencias en estos rituales de Invernalia por ver series arropado en el sofá, comiendo panchitos y con los pantalones del pijama por dentro de los calcetines. Hay que buscar la belleza. O lo estiloso, si quieren. Encender velas. Ponerse algo de comer en un plato, como las personas. Estar listo -formalmente informal, ya saben- por si alguien llama a la puerta.

Lo intelectual, lo sentimos, no es hygge. Las discusiones filosóficas, políticas o en torno a temas controvertidos, tampoco lo son. El teléfono móvil es fuertemente uhygge. Aunque de apariencia casual, el hygge es un encuentro altamente normativo. Para el británico Michael Booth, de hecho, llega a resultar enervante la tendencia a evitar cualquier tema de conversación potencialmente controvertido o la necesidad de que todo se mantenga en un tono despreocupado y ligero. Y puede actuar -advierten- como una barrera social, los extranjeros encuentran muy difícil penetrar en los círculos sociales daneses: el hygge sólo puede desarrollarse entre grupos que ya se conozcan con anterioridad. "Un recién llegado no puede formar parte de una reunión hygge -le aseguraron a Hellen Russel en The Year Living Danishly-, es imposible, muy difícil para alguien que no sea danés de nacimiento. No se nos da bien la charla tonta, hibernamos todo el invierno."

Vaya, vaya, no todo es perfecto en el país de la piruleta aunque vive Dios que lo parece: Dinamarca lleva cuatro décadas encabezando el pódium de la nación más feliz del mundo. Un reconocimiento que los daneses atribuyen, no en poca medida, a esta proclama por el zen invernal. Los felices daneses insisten en que esta búsqueda y disfrute de los pequeños placeres; el hacer con los limones, limonada -hygge mediante- en el desafío físico y psicológico que suponen los inviernos y el ejercer, de manera activa, la búsqueda de lo que ahora ha empezado a llamarse "tiempo de calidad" está en el núcleo de su éxito.

O en la búsqueda de lo que yo llamo, simplemente, tiempo: los felices daneses son el país de la UE con menos horas de trabajo computadas a la semana (34 frente a las teóricas 40 de España, uno de los países más calienta sillas que existen). Y es que los pobres meridionales no tenemos ni el tiempo ni la tremenda red social del país escandinavo, que debe contribuir con estos nada desdeñables factores a la felicidad nacional mucho más que con el chocolate caliente y los chupitos de snap.

Dinamarca es también la nación con mayor confianza en el otro: el 70% de su población piensa que uno puede confiar en la mayor parte de la gente. No han nacido, desde luego, en el país de la picaresca. Y es, también, el país de la UE con una menor diferencia entre los muy ricos y los muy pobres: el 90% disfruta de un nivel de vida bastante parecido. "Confianza es saber que, independientemente de tu edad, sexo, dinero, antecedentes familiares o religiosos, tendrás las mismas oportunidades y la misma red de seguridad. -explica Michael Booth-. Eso es confianza. Así, no hay necesidad de compartir con el vecino, o de sentir envidia de él. Tampoco tienes por qué timarlo".

Con esas cartas, la verdad, todo el zen escandinavo parece ser simplemente el comodín de la baraja. Sin embargo, los daneses tienen razón en señalar la práctica del hygge como algo significativo: es una sublime muestra de adaptación y de apuesta por una convivencia armoniosa.

¿Por qué ahora, se pregunta uno? ¿Por qué, de repente, este cantar hasta la saturación algo tan naif como las bondades de una chimenea? Quién sabe. Quizá es que el refugio adquiere aún más sentido con una tormenta estallando fuera.

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