La voz de pelo en pecho, con el rebuzno a ti debido

  • José Luis Girón Alconchel analiza en Cádiz, en el ciclo homenaje a Cervantes, 'La voz de los personajes del Quijote'

uando hablamos del Quijote solemos aceptar que es la obra que funda la novela moderna. Esto suena bien, pero ¿qué significa? Con mucha agudeza vino José Luis Girón Alconchel, catedrático de Lengua Española de la Universidad Complutense, a iniciarnos en un tema que no solo domina sino que, manifiestamente, le divierte.

El Quijote es la primera novela moderna porque supone el descubrimiento de lo cotidiano como materia de la narración, y lo hace recogiendo el riquísimo y variado lenguaje de la calle, lo que se denomina 'la verdad del idioma'. Esto es lo que Mijail Bajtín llamaba 'dialogismo': el discurso se hace eco de las mil formas de entender el mundo y no impone al lector una única verdad.

El punto de partida de Girón Alconchel fue un libro de Tomás Navarro Tomás: La voz y la entonación de los personajes de la literatura universal (México, 1975), donde se defiende que don Quijote es el primer personaje literario dotado de una voz personal y 'normal', porque Cervantes acertó a ensanchar las inflexiones emocionales de la voz.

El caso es que, quizá por ser hombre de teatro, o por ser aficionado a las recopilaciones de cuentecillos que estaban tan de moda, o por estar empapado de aquel erasmismo para el que todo lo popular y lo natural era lo bueno y verdadero, o por ser hombre de tertulia (que a eso se dedicaban las parlantes gentes antes del whatsapp), Cervantes ilustra los múltiples factores que influyen en lo que se llama una "situación comunicativa": el número de participantes, el grado de inmediatez física y de familiaridad entre ellos, la implicación emocional, el grado de fijación temática, el grado de cooperación en la producción del discurso (en los actos de postín suele haber cinco o seis autoridades que toman la palabra 'cooperando' para que el acto se eternice y la atención perezca), la posibilidad de que haya turnos alternantes de palabra, el grado de espontaneidad (todos conocemos a gente que habla como si le hubieran metido un palo por el tracto intestinal); el anclaje verbal en la situación y en el campo referencial (esto no lo explico porque ya es demasiada ciencia).

Cervantes se adelantó a su tiempo al escribir una novela donde lo más que hacen los personajes es charlar: de hecho, los verbos estadísticamente más utilizados son, en este orden, "decir", "responder", "escuchar" y "callar". A don Quijote lo escuchamos con voz grave, sonora, reposada y sin afectación; pero aparte, según las ocasiones, habla en voz alta, o amenazadora, o arrogante, o turbada, o deprimida, o entre dientes, o a media voz, o con voz atropellada y tartamuda, o con tan tierno acento, o suspirando, o cantando con voz ronquilla y entonada...

De Dulcinea del Toboso dice Sancho que "es moza hecha y derecha y de pelo en pecho", y añade, entusiasmado: "¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre".

El gran hallazgo de Cervantes es la necesidad de conversación. Cuando en la segunda parte don Quijote y Sancho se separan, con motivo de ir Sancho a gobernar su ínsula, el narrador nos cuenta de qué manera se echan ambos de menos. Sancho Panza es el interlocutor por excelencia de don Quijote, sí, pero también de su propio asno. Escuchamos la voz de Sancho cuando cayó con burro y todo en un hoyo profundo, donde el locuaz escudero se sincera con su rucio: "Oh compañero y amigo mío, qué mal pago te he dado de tus buenos servicios". Y luego le ayuda a enderezarse, se saca de las alforjas un pedazo de pan, y se lo da al jumento: "y díjole Sancho, como si lo entendiera: -Todos los duelos con pan son buenos". Cuando más adelante acierta a pasar por allí don Quijote, escucha los gritos de socorro de Sancho, pero no está seguro de reconocer la voz de su escudero; más bien, no está seguro de si le habla la voz de un Sancho vivo o de un Sancho muerto:

-Conjúrote por todo aquello que puedo conjurarte como católico cristiano que me digas quién eres.

-Desa manera -respondieron-, vuestra merced que me habla debe de ser mi señor don Quijote de la Mancha, y aun en el órgano de la voz no es otro, sin duda.

-Don Quijote soy -replicó don Quijote-, el que profeso socorrer y ayudar en sus necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso dime quién eres, que me tienes atónito.

-¡Voto a tal! -respondieron-, y por el nacimiento de quien vuesa merced quisiere juro, señor don Quijote de la Mancha, que yo soy su escudero Sancho Panza y que nunca me he muerto en todos los días de mi vida, sino que, habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester más espacio para decirlas, anoche caí en esta sima donde yago, el rucio conmigo, que no me dejará mentir, pues, por más señas, está aquí conmigo.

Y hay más, que no parece sino que el jumento entendió lo que Sancho dijo, porque al momento comenzó a rebuznar tan recio, que toda la cueva retumbaba.

-¡Famoso testigo! -dijo don Quijote-. El rebuzno conozco como si le pariera, y tu voz oigo, Sancho mío. Espérame: iré al castillo del duque, que está aquí cerca, y traeré quien te saque de esta sima, donde tus pecados te deben de haber puesto.

(Quijote, II, 55)

Entre estas y otras amenas observaciones se pasó volando el tiempo, de modo y manera que a Girón Alconchel no se lo dio para insinuar lo que al lector le va pareciendo una evidencia: que primos hermanos son Sancho y el rucio de Platero y yo (yo pero él: Juan Ramón Jiménez). Y no vayan a creer que es casualidad: durante la II República se decidió que el libro de lectura en las escuelas pasase de ser el Quijote a ser Platero y yo.

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