Con vocación de eternidad

El Madrid expositivo de este verano sin no excesivo veraneo, ese que está dominado por el poder mediático de las exposiciones de Edward Hopper -Museo Thyssen- y por las últimas obras de Rafael de Urbino -El Prado-, aquellas que se debieron más a las manos de sus dos aventajados discípulos, Giulio Romano y Gianfrascesco Penni, cuenta, sin embargo, con dos importantísimas muestras que ganan -de esto estoy convencido- en interés y trascendencia a aquellas, que sólo atrapan por la espectacularidad de los nombres de sus protagonistas. Ellas son las de Ernst Ludwing Kirchner -que ya ustedes amables lectores han tenido cuenta en estas mismas páginas- y la de William Blake, el pintor inglés y, además, uno de los máximos exponentes de la historia cultural de las Islas Británicas por su particular visión de la realidad y por su abierto y personal ideario existencial y artístico.

William Blake fue un inglés nacido en Londres en 1757 y uno de los nombres más importantes de la pintura inglesa de los últimos siglos; pintura inglesa con pocas más figuras que las de Thomas Gainsborough, William Hogarth, Joseph M. William Turner o, John Constable, el pintor ahora tan de moda por ser el autor del cuadro que doña Tita Cervera ha vendido para obtener dinerito constante y sonante.

La figura de William Blake supuso un aldabonazo en las pacatas instituciones del momento en el que vivió. Su pintura y sus escritos, distintos y llenos de rebeldía, anunciaban un tiempo de libertad y patrocinador de una estética visionaria que dejaba en suspenso una realidad inmediata y transmitía una plástica llena de símbolos, gestos y marcas de un universo nuevo donde una iconografía novedosa desentraña un imaginario particular, basado en una cosmología poblada de seres y mitos que transportan a páginas de una literatura antigua, pero testimonio de un nuevo concepto simbólico.

La exposición presentada en Caixaforum se organiza a partir de los fondos de la Tate Gallery de Lonfres y nos conduce por la obra de William Blake referencia absoluta de la mejor pintura británica no sólo por la importancia artística de su obra sino porque plantea una serie de recursos técnicos que si no estaban totalmente en desuso, sí no eran habituales; así utilizaba la pintura al temple como se realizaba en tiempos del Gótico y del renacimiento y promovió una manera de estampación mediante la cual, coloreaba los grabados, convirtiéndoles en auténticos monotipos. Fue, también, un pintor que abrió muchos caminos sobre todo para que a través de ellos circularan los bellísimos presupuestos de los simbolistas y de los prerrafaelitas.

La muestra nos hace contactar con una pintura llena de referencias literarias, de mitos y de símbolos que atrapan la mirada y la hace sucumbir en una meditada iconografía sobre el cosmos, sobre los visionario, sobre una humanidad en permanente lucha por el bien y el mal, por la vida y por la muerte, por lo divino y lo humano, por lo trascendente como marca indiscutible de un universo lleno de contrastes con lo posible y lo imposible en perfecta simbiosis.

La exposición de William Blake nos permite el feliz encuentro con un artista grande, imprescindible en el tránsito de una pintura, de entre siglos, pero con clara vocación de eternidad.

CaixaForum Madrid

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