El virtuosismo como divisa

Un año más hemos tenido entre nosotros a la Orquesta de Cámara de la Nueva Filarmónica de Colonia, un conjunto joven de nueve músicos que dieron buena cuenta de un atractivo programa que se confeccionó con cinco obras, cuatro con otros tantos solistas más un concierto grosso. O sea, un programa con el virtuosismo como divisa. Ese virtuosismo no sólo alcanzó a las cuatro páginas con solitas, sino también al efectivo de la orquesta como tal. Por la plasticidad con que sonó y por el fraseo con el que se articularon las obras, fue fácil colegir que la calidad y la técnica eran premisas principales de la velada; premisas que cuadraban perfectamente con el reducido número de músicos de estos grupos orquestales que prefieren poner el énfasis en obras en las que brille la personalidad única del solista, que en páginas con estructuras sinfónicas o próximas a ellas.

Tras el Concierto para cuerdas y clave nº 8 de Vivaldi, escuchamos el Concierto para dos violines de Bach, exactamente el BMV 1043. Después de la Ofrenda musical o de El arte de la fuga, qué puede decirse en cuanto a inventiva, textura contrapuntística o estilo en la música del músico de Eisenach. Los dos intérpretes solistas, Bela Balogh y Marek Dudek, supieron convertir la obra en un diálogo de singular belleza, característica que, referida a una obra de Bach, tantas veces deshumanizado por intérpretes que parecen estar más cerca de la rutina matemática que de la estética, sorprendieron por los espléndidos resultados obtenidos.

Dos páginas para flauta y orquesta, Fantasía sobre temas de Carmen, de Bizet, y el Concierto para flauta y orquesta en re mayor, KV 314, de Mozart, tuvo al joven flautista Jan Nichenko como intérprete solista. Mucho de "música de salón" tiene la obra de Bizet en la versión para la flauta. Si se supera ese detalle, y se ve como lo que es: un dechado de brillante virtuosismo, nos quedamos con una página sorprendente en donde la flauta muestra todas sus posibilidades interpretativas. Distinto fue el concierto de Mozart, página magistralmente estructurada pese a que fue escrita en principio para oboe, y que transportada a una tonalidad más alta (de do mayor a re) se convirtió en el magistral concierto para flauta que conocemos. Una transmigración feliz.

La rúbrica al concierto la puso Pablo Sarasate con sus Aires gitanos. Fue Bela Balogh, concertino, quien volvió al atril solista para interpretarlos; interesante partitura del nacionalismo musical español y broche de oro, admítasenos el tópico, para una tarde de auténtica música. Fervorosos los aplausos y, en respuesta, el tercer tiempo de El verano de Vivaldi como propina.

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