La vida es un melodrama

El melodrama es un género muy difícil. Exagerado de por sí, hay que tener mucho cuidado de que no se vaya de las manos del creador que lo ejercite. El objetivo confeso es arrasar de lágrimas los ojos de lectores y espectadores, pero el límite que separa lo sublime de lo ridículo es tenue y de los lloros se puede pasar a la risa ridiculizante en segundos.

La segunda obra del ciclo Escena Abierta llevaba este sugestivo título, Melodrama, a secas. Es un espectáculo unipersonal, a cargo de Santiago Maravilla, que ahonda en este concepto, pero a su manera. El melodrama es un género social, en el sentido de que hacen falta familias y relaciones humanas para que tenga lugar, pero en este caso hay un punto autista. El actor exhibe en solitario su dolor, su angustia, que le lleva todo el rato a echarse colirio en los ojos para que nos percatemos de cuanto sufre. Hay mucho de burla y mucho de serio en este espectáculo. Nunca nos queda claro si el llorón protagonista merece nuestra consideración por lo que su dolor es sincero o es una hipertrofia. Una indefinición que no deja de dañar algo la propuesta, al contrario de lo que pasaba con la compañía Semolina, vista el jueves en el mismo ciclo.

Melodrama es un espectáculo que evidencia bien por donde se van moviendo alguna tendencia del teatro de vanguardia. Monólogos desestructurados con un punto confesional, que acaban bruscamente ahogados en la banda sonora o en gritos, uso de cámaras de vídeo, mezcla de teatro y canciones -al fin y al cabo melodrama significa etimológicamente drama con música- con aires de perfomance. El resultado es una obra curiosa, que funciona a veces pero a la que haría falta más ensamblaje entre sus diversas partes para que resultase más coherente consigo misma. Los buenos melodramas para que sean efectivos tienen que estar muy bien trabados.

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