viaja a su asteroide BRADBURY

  • Fallece a los 91 años el creador de los bomberos pirómanos de "Farenheit 451" y de los inquietantes relatos recopilados en sus "Crónicas marcianas" y "El hombre ilustrado"

Puede aspirar un mortal en su humana vanidad a que su nombre se estampe en la esquina de una calle; puede aspirar un egregio mortal, incluso, a tener una estatua en la plaza de su pueblo. Pero a lo que no se puede aspirar así como así es a tener un asteroide. Ray Bradbury, fallecido ayer en Los Ángeles, a los 91 años, tiene uno. Es el 9766 de la serie 1992z porque fue ese año cuando el programa Spacewatch lo describió y lo catalogó, como posteriormente haría con un satélite de Júpiter con entidad planetaria o el planeta Varuna situado en la órbita exterior de Neptuno. La cuestión es que cuando el director del programa Spacewatch, Robert McMillan, se topó con el asteroide 9766 decidió darle fama bautizándole con el nombre de un cronista marciano de Illinois, nacido en 1920, un buscavidas de la literatura popular, un emblema de la ciencia ficción.

Sion embargo, pese a toda esta indtroducción celeste, Bradbury no era, o no sólo era, un hombre del espacio. Los fanáticos de la ciencia ficción no consideran a Bradbury un escritor de ciencia ficción, sino un escritor que escribió ciencia ficción. Bradbury estaba de acuerdo con ellos. Decía que sólo había escrito una obra de ese género, Farenheit 451, donde desarrollaba la idea de unos bomberos cuya tarea era quemar libros. Francois Truffaut realizó una película magistral con ese texto y es lo único magistral que se ha hecho en el celuloide con el material de Bradbury, que es mucho, muy notable y muy lejano. El hombre ilustrado, con un pedante Rod Steiger, es infumable; la adaptación de sus Crónicas marcianas en una miniserie de los 80, con viejas estrellas decrépitas, apenas se conoce; y no hubiera pasado nada si los viajes en el tiempo de El sonido del trueno se conocieran menos áun de lo que se conocen. Más dio Bradbury al cine y la televisión -su colaboración con Huston en Moby Dick, algún episodio de Hitchcok presenta, su serie Ray Bradbury Theater (no vista en España, creo)- que lo que recibió.

La fama de Bradbury se labra con dos recopilaciones de cuentos, las mencionadas Crónicas marcianas y El hombre ilustrado, que datan de principios de los 50. Farenheit 451 es de 1953 y en su siguiente obra,la autobiográfica El vino del estío, ya se produce un cambio de registro de un treintañero autodidacta que se cree capaz de todo. Bradbury viviría, y muy bien, de la fama que le proporcionaron esas obras iniciales que había vendido como podido en las revistas de género. Con 86 años, para cerrar el círculo, publicaría el epílogo de su obra literaria en una continuación de El vino del estío, al que llamó El verano de la despedida. Ningún fan de la ciencia ficción podría decir gran cosa de ellas.

Porque toda la potencia de Bradbury se volcó en los cuentos contenidos en esas iniciales recopilaciones. La tercera expedición, uno de los relatos incluidos en Crónicas marcianas, desconcertó al mismísimo Borges, que realizó el prólogo de su traducción castellana, posiblemente debido a la famosa frase: "Un hombre no hace muchas preguntas cuando su madre vuelve de pronto a la vida".

Bradbury impregnó sus relatos de cotidianeidad, todo lo que en ellos había de fantástico partía de lo común y le servía para ser crítico con una atmósfera en la que el pensamiento diferente era castigado con el aislamiento. Farenheit 451 era una distopía de un mundo feliz más en el que la felicidad se consigue con el dejarse llevar. Cualquier elemento distorsionador -y los libros entonces, en plena guerra fría, en plena caza de brujas, lo eran- debía ser eliminado, purificado. Por eso los bomberos apagaban con fuego las ideas. El lirismo de esa metáfora es suficiente para encumbrar a un autor por un solo libro.

El, en cualquier caso, se quitaba responsabilidad, para lo bueno y para lo malo. Reflexionaba en una entrevista en El País: "Mis libros se escriben y yo no hago preguntas. Recuerdo que en 1950, al salir de un restaurante, un policía nos paró porque íbamos andando en Los Ángeles. Esa misma noche escribí El peatón. Años más tarde saqué a pasear a ese peatón con Clarisse y ella escribió Fahrenheit 451. Ella, Montang y Faber son los creadores de ese mundo. El libro es realmente maravilloso, pero son ellos quienes lo cuentan".

Dejando los días pasar en el verano de sus despedida, recibió Bradbury una llamada de Yahoo ofreciéndole colgar en Internet sus libros. Su respuesta fue furibunda: "¡Que quemen la Red!", exclamó. Dedicó sus últimos años a salvar bibliotecas de la quiebra. Brabdury se había transformado en su Montag de Farenheit, huyendo a ese bosque en el que habitan los hombres-libro. Desde ayer, hay un hombre-libro menos. Para algo tenía un asteroide al que escapar.

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