Los vacíos cuánticos sólo pueden darse en Cádiz

  • Fernando Lobo e Israel Alonso publican 'Nosequé Nosecuántico', una novela que se nutre del humor absurdo

Un error "cuántico" provoca que los destinos de Michael Rivers, científico, y Wenceslao Treviño, inventor y viñero, intercambien sus existencias. Ellos, y sus circunstancias, protagonizan Nosequé Nosecuántico, la novela que han escrito a cuatro manos Fernando Lobo e Israel Alonso.

Un proyecto que surgió tal y como ellos mismos explican en la introducción de libro: de manera un tanto descreída, diciéndose que lo único que les faltaba hacer era escribir una novela y proponiendo un sistema por entregas como única forma de hacer frente a la tarea. "Era la única manera de plantearlo sin que tuviéramos la sensación de tener que rellenar un libro", comenta Israel Alonso. Cada uno escribía una entrega y se la mandaba al otro, sin plano ni idea de qué podría estar pasando por la cabeza del compañero: "Muchas veces te ves diciendo, ¿cómo soluciono ahora esto? -dice Israel-. Pero realmente, es un sistema que viene muy bien a la hora de solucionar bloqueos".

"Jugábamos a sorprendernos y a tirarnos la pelota -apunta Lobo-. Fue un modo de elaboración muy dinámico, en el que se fueron solapando las ideas y en el que, al final, teníamos dificultades para distinguir qué había escrito quién".

La iniciativa, además, pareció tener buena energía desde el principio: "Se dieron causalidades de todo tipo -prosigue Israel-. La singularidad cuántica nos ha perseguido. La principal, el hecho verdadero de que el Colisionador de Hadrones se vio atascado por una miga de pan, un momento en el que, claramente, la realidad nos plagió. Pero también cosas como que Mel o el Yuyu aceptaran colaborar (uno con las ilustraciones, el otro haciéndonos un prólogo) de forma completamente desinteresada".

Nosequé Nosecuántico es, además, una novela inequívocamente gaditana pero no localista: "Aunque hay personajes que parecen sacados de la realidad y, de hecho, algunos lo son, como la Tati, que es mi abuela -explica Israel Alonso-, la idea principal era que un señor de Cuenca pudiera entender la historia perfectamente. Por ejemplo, hay muchos localismos, pero están todos explicados".

"Cada uno escribe de lo que conoce, por eso escribimos de física cuántica -bromea Fernando Lobo-. Yo no sé cómo habla ni cómo viste un tipo de Calatayud, pero los dos podemos describir a la perfección el mundo en que vivimos".

En el ambiente de la novela resulta elemento fundamental el humor absurdo, "con ecos de Los Simpson, de Regreso al Futuro, Les Luthiers, Krahe o Historias de la Puta Mili...todo eso integra la visión del mundo de la novela", comenta Mel, también presente en la cita. "Es una historia muy gaditana, muy divertida, con referentes claros -explica-. Las escenas del laboratorio en Ginebra, por ejemplo, son muy de Ibáñez, del profesor Bacterio... Siempre es arriesgado ponerle un cuerpo físico a lo que es idea de otros, pero es que esta es una novela muy visual, en la que las viñetas son, de alguna forma, el eslabón natural".

Lobo y Alonso bautizan como "plofs" a las "singularidades cuánticas" que hacen que, en la historia, personajes y objetos se intercambien de improviso y de manera no tan aleatoria, siguiendo cierta justicia poética: un evangelista norteamericano, por ejemplo, puede verse teletransportado a una barra de strip-tease. "Los plofs dan señales, mensajes, recados... Forman parte tanto del hilo de humor como de una cierta moral bastante peculiar -explica Israel Alonso-. Planteamos el humor no como un fin sino como un medio".

Y así, con todo el espacio tiempo como margen, ¿adónde teletransportarían al consejo directivo de Bankia? "Pues, si son cuatro o cinco, los cambiaríamos por Les Luthiers..."

Nosequé Nosecuántico tiene la osadía de trabajar con dos géneros considerados durante mucho tiempo de segunda mano en nuestro país: el humor y lo fantástico. "Ambos géneros han sido denostados desde la intelectualidad -reflexiona Israel Alonso-, aunque se aceptaban con bastante facilidad si venían de fuera. Se tienen a despreciar lo propio, algo que se ve mucho en los homenajes".

"Y es una actitud -continúa Fernando Lobo- que indica una gran ignorancia, porque muchas de las grandes obras de nuestra literatura se nutren del humor. Toda la novela picaresca o el mismo Quijote... Nos cuentan situaciones dramáticas sí, pero lo presentan en forma de tragicomedia. Esa es nuestra manera de contar las cosas. No podemos huir de ello".

"Más allá del entretenimiento, ante una situación triste o injusta, el humor es la clave: es lo que nos permite dejarla atrás y que no nos devore -prosigue Israel Alonso-. Afrontar las cosas con humor es un arma, una enorme señal de inteligencia. No deberíamos menospreciarlo".´

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