El universo de los libros espejo

  • Para un éxito seguro, la literatura aplica la misma máxima que el cine a sus creaciones: recrear el vicio de la lectura. Una fórmula que invita como ninguna otra a la identificación con la historia

En el cine existe una regla infalible: si quieres hacer una película que conmueva a todos, recrea una historia en torno al filibustero mundo del séptimo arte. El favor del público y de las academias suele recaer en las obras que explotan el narcisismo del mundillo cinematográfico.

Algo similar ocurre en literatura. Todo autor que recurra a temas relacionados con el amor a los libros tiene asegurado gran parte del éxito. La ladrona de libros, de Markus Zusak puede ser un último ejemplo. Por no hablar de Carlos Ruiz Zafón y La sombra del viento: el principal gancho de uno de los mayores best-seller españoles reside posiblemente en la idea del Cementerio de Libros Olvidados. Este tipo de literatura proporciona un doble mensaje: los libros deberían ser sagrados. Los libros son peligrosos. Eso vemos en El nombre de la rosa. De eso hablaba Fahrenheit 451.

Incluso las obras dirigidas a público infantil que tratan el tema de la literatura y los juegos de fantasía y realidad terminan trepando con inusitada facilidad a todas las estanterías. Ende lo hizo con incomparable maestría con el niño Bastian rozando un mundo ajeno refugiado en el ático del colegio. Y Cornelia Funke repitió la fórmula a la inversa: personajes de lo imaginario entran a formar parte del real. Una bonita forma, en ambos casos, de decir que las historias pueden transformar e incluso inmiscuirse en tu realidad.

Todo buen lector de novela busca, además, una novela total, un universo en sí mismo. Algo de esta ambición enciclopedista tenían los mitos antiguos -el recogerlo todo, el explicarlo todo- y la obra de muchos grandes de la literatura. Shakespeare limpió, lustró y dio esplendor a historias y símbolos que habían formado parte del acervo común durante siglos. Pero fue Cervantes quien haría de El Quijote un gran homenaje al vicio de leer. Desde el momento en que se publica, El Quijote se convierte en un catálogo de toda la literatura que se conocía en la época: poemas, obrillas de teatro, anécdotas, relatos pastoriles. Introduce historias una dentro de otra y juega con la autoría. Sancho y Quijote llegan incluso a hablar tanto del Quijote apócrifo de Avellaneda como de la Primera parte de sus aventuras, sin explicarse cómo alguien pudo haber conocido sus pensamientos y conversaciones.

"No fue, sin embargo, el primero en hacerlo -apunta Ana Sofía Pérez-Bustamante, profesora titular de Literatura Española en la UCA-. Las mil y una noches contiene un cuento que los contiene todos. En uno de ellos, Sherezade, le cuenta al sultán su propia historia y se difuminan los márgenes entre ficción y realidad. De hecho, parece ser que esa conciencia de irrealidad viene del pensamiento oriental muy antiguo. Algo muy curioso, si piensas lo que la ciencia actual habla de la subjetividad de nuestra percepción y de lo relativo engañoso del mundo".

En este sentido, los libros que hacen cambios de rasante ejercen una especie de efecto hipnótico, de mise en abisme: "Son como una caja china que te incluye a ti también -comenta Pérez-Bustamante-. Son un enorme juego de espejos: uno de los gestos intelectuales básicos del ser humano es tratar de dilucidar dónde empiezan y dónde terminan sueño y realidad".

El efecto espejo que produce la metaliteratura es, de hecho, un elemento decisivo en los libros que hablan de sí mismos. Es en ese reflejo donde se captura al lector narciso, aquel que ve cercano al amante de los libros, al destinado a aprender de memoria un título o a salvar una biblioteca, y con él se identificará intensamente. Y así, los libros sobre libros y lectores terminan siendo espejos mágicos que nos devuelven una imagen propia, íntima y reconocible, pero heroica y laureada.

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