"Hubo un tiempo en que gitanos y judíos compartíamos destino"

  • El artista israelí Ilan Itach expone en El Alcázar de Jerez su fantasmagórico y sugerente "Sueño de un flamenco hebreo"

Puede verse en uno de los cuadros que componen la muestra Sueño de un flamenco hebreo, que atyer se inauguró en El Alcázar de Jerez, a Paco de Lucía, que es una de las principales religiones del pintor israelí Ilan Itach, pero Paco de Lucía está en una esquina y de su rostro esquemático parace salir el sueño difuminado de Sharon, la bailaora que es el gran amor del artista. "No quiero pensar sólo en Paco de Lucía, sino en su sentimiento".

En otro cuadro en el que dominan los grises, parece bailar otra flamenca en la más absoluta soledad de una ciudad. Esa ciudad es Jerusalén, la ciudad de las religiones, la ciudad en la que vive Itach después de haber vivido mucho tiempo en Toledo, Granada, Sevilla. Explica Itach que se zambulló en el flamenco en una búsqueda de sus raíces. En esta expresión econtró parte de ellas: "Hubo un tiempo en que gitanos y judíos compartíamos un mismo destino. Teníamos que buscar una tierra en la que vivir. Es complicado y doloroso hablar de la historia porque nuestra historia es una historia triste".

Quizá de ahí su gesto melancólico cuando un pequeño grupo lanzó gritos a favor de Palestina y en contra de Israel en el salón del palacio donde se exhibe su obra, ayer a mediodía. Ilach tiene raíces españolas, árabes y, claro, judías. Su tatarabuelo era un poeta y rabino marroquí, de lo que hoy es Marruecos, que escribió un libro de poemas llamado "Canciones de amor de Dios de Jerusalén". Y ese Dios era todos los dioses. Partiendo de esa idea, "quería recoger todas las partes del puzle y ordenarlas porque tenía muchos sentimientos fuertes. El flamenco me encaminó a esa balanza entre la fuerza y el arte. Su libertad de expresión era el impulso que necesitaba". Cree haber dado con la clave de lo que buscaba sin saber muy bien lo que buscaba, así parecía sentirse más próximo "al temperamento de mi sangre".

Pero el flamenco es, por tanto, el resultado. Sus cuadros son fantasmagóricos, inquietantes, con trazos que a veces parecen furiosos y que los atemperan las formas de ese baile que él ha aprendido de Sharon, su mujer, que cuenta con una academia de baile en Jerusalén. Persigue Itach el sueño: "El mejor amigo del pintor es el sueño y la ilusión". Esa ilusión es la que trata de plasmar y cita a Lorca cuando hablaba de la luna. "Busco todas las cosas que influyen en la gente y el flamenco conecta con la luna y la naturaleza".

Y como todo artista que se precie de serlo sabe que "nunca voy a abarcar la realidad, pero puedo acercarme". Y se acerca a su manera, convencido de que ese duende del que le han hablado puede entenderlo y mirarle de cerca a través de sus lienzos.

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