"El teatro tiene que hablar de vida, si no se torna en otra cosa"

Su imponente voz abriga. Habla el Rey Lear, El Quijote, Don Juan Tenorio, El burlador de Sevilla... Habla Juan Luis Galiardo, el actor sanroqueño que, nuevamente, muda de piel con el personaje de Luis Balmes, el protagonista de Humo, un montaje que se nutre de verdades, mentiras y esperanza. "Una obra que habla de vida porque el teatro tiene que hablar de vida, si no se torna en otra cosa, en un ensayo, en una obra de ficción pero no sería teatro", cuenta el veterano actor que mañana pisará las tablas del Gran Teatro Falla.

Con Humo, Galiardo vuelve a trabajar bajo la dirección Juan Carlos Rubio, dramaturgo con quien el actor y productor del espectáculo comparte "una amistad desde hace varios años", asegura, y con un plantel "maravilloso" de actores "y todos andaluces" compuesto por la malagueña Kiti Mánver, el sevillano Bernabé Rico y la almeriense Gemma Giménez.

"Tras varias charlas continuadas con Juan Carlos en las que analizamos qué está pasando con nuestras vidas y con nuestro entorno, ideó un texto que tiene mucho que ver con el terrible mundo de las apariencias en el que vivimos. Un mundo donde tenemos tendencia a disfrazarnos, pero no un disfraz como el del gaditano, como el de nuestro Carnaval, no, sino un disfraz que tenemos encima siempre", explica el intérprete.

A partir de ahí, productor-actor y director comenzaron a desnudar las miserias y virtudes humanas en una obra que saca a la luz "las soluciones rápidas, las fórmulas mágicas y los vendedores de humo" que con tanto éxito caminan en esta sociedad. Luis Balmes (Galiardo) es un comunicador que ayuda a todo aquel que lo requiera a superar la adicción al tabaco. Su famosa terapia lo lleva hasta Málaga, ciudad en la que reside su ex esposa Ana (Mánver), periodista de una publicación local, a la que busca para confesarle un gran secreto: Luis ha vuelto a fumar.

"Por eso, Humo también encierra una bella metáfora sobre el amor. El amor romántico, el amor que está y no está. Y sobre la vida, sobre su sentido tragicómico", descubre el actor que opina que Humo "bebe de ese humor vital, de ese humor tragicómico", define, "porque la vida está llena de situaciones trágicas que, en un momento dado, se vuelven cómicas. Imagina una discusión fuerte entre marido y mujer, con las maletas de él en el vestíbulo y que termina en un digno portazo, pero a los dos minutos vuelve a llamar el marido a la puerta porque llueve y se ha olvidado el paraguas. ¿No es eso cómico? Como decía mi querido Rafael Azcona: La vida siempre puede terminar en una carcajada".

Las palabras de Galiardo coquetean con el humor y con la fe. La esperanza, último fuerte donde atricherarse contra la alienación y la apatía. "Las personas son cada vez más descreídas, las ideologías se caen, pero el amor está ahí. Eso sí, el amor requiere y crece con un esfuerzo permanente no sólo con palabras de aire y humo".

Las reflexiones surgen a borbotones de su voz acogedora, sabia, ancestral. Planean por su cabeza y se sujetan a sus 68 años de recorrido vital y a sus cuarenta y tantos de trayectoria profesional. "Al final te das cuenta que un actor no es un creador. Un actor es un recreador de sentimientos, de textos escritos por otros. Es un instrumento, un mero transmisor o médium de emociones. Por eso en este oficio no caben los personalismos, que desgraciadamente muchos abrazan. Para mí todo comenzó como una huida hacia delante para escapar del profundo dolor de la pérdida de mi madre. Después descubrí que era el instrumento de un plan, de un bello plan, que pasa por prestar tu voz para que hablen Sófocles, Eurípides o Cervantes".

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