ARTE

El taurolobio en el accionismo vienés

  • El CAT exhibe una muestra sobre este corto e intenso movimiento artístico

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El Wiener Aktionismus, Accionismo Vienés, es un corto e intenso movimiento artístico que se produce en Austria durante las décadas 60 y 70 del pasado siglo. De una radicalidad brutal, fue un revulsivo en una sociedad que arrostraba unas particulares condiciones vitales herederas de la Segunda Guerra Mundial.

Básicamente trasciende el concepto de arte como actividad que fabrica o elabora un cierto tipo de objetos, más o menos admirables. Lo que le interesa es la acción, el acto, el hecho. Convertir un hecho en una forma de expresión artística. Bien mirado, nada nuevo. Interpretar una pieza musical, representar una obra de teatro, por ejemplo, son "acciones artísticas". Pero aquí, todo era más bestia. Las acciones realizadas tienden a tomar el cuerpo humano como lugar donde acontece lo artístico, entroncando con otros movimientos afines que en aquellos años florecen en Europa y Norteamérica: el Body Art, el happening o las performances, y más colateralmente con Fluxus o el japonés Gutai. El tiempo de la Guerra Fría fue pródigo en este tipo de actitudes. Contracultura, Berkeley, comunas, Mayo Francés….lo recordamos, quienes lo recordamos, como el "espíritu de la época", que conformaba el ansia de las utopías y transgresiones.

Sobre ello, el Accionismo Vienés, en sus más conspicuos representantes: Otto Mühl, Günter Bruss, Hermann Nistsch y Rudolf Schwarzkogler, ofrece un marcado interés por lo ritual, primitivo y orgiástico. Así, Mühl, lleva a cabo una serie de "actuaciones-destrucciones" sobre el cuerpo femenino. Exaltación del sexo, de la vida y de la muerte, que son particularmente espectaculares en las "acciones" consagradas por Nitsch en su castillo de Prinzendorf, en la Austria Inferior, dentro de los actos del Orgien Mysterien Theater. Uniendo sin complejos, como pre-cristiano, sexo y religión, realiza unos rituales que comportan crucifixiones y sacrificios de animales. Sangre y vísceras que hacía chorrear sobre los desnudos neófitos, con una, si cabe "preocupación cromática": manchar de rojo-sangre telas y hábitos blancos. En la antigüedad, a ello, se le llamaba taurobolio. Lo que venía a ser un acto vanguardista, no era sino actualización de un rito ancestral. Una especie de bramido desesperado que busca el corazón más puro ajeno al racionalismo civilizatorio.

No obstante cabe preguntarse sobre la autenticidad de todo ello, en el sentido de saber hasta donde llegaba lo teatral, es decir lo fingido representado, y donde surgía lo verdadero-ritual-trascendente. Para creer realmente en ello y vivirlo como una catarsis, o experiencia salifica, era necesaria una fe que Europa ya no poseía. Tal vez, como apuntaba el propio Bruss, aquello, que se empeñaba en ser Arte, no era sino "una religión sin propósito".

Claro es que de todo esto, lo que vemos ahora es, principalmente, una colección de fotografías, algunas excelentes debidas a Ludwig Hoffenreich, y varias filmaciones. Una interesante documentación que el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, siempre un poco cutre, ha obviado recoger en catálogo.

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