Los tambores de la lluvia

  • Ismaíl Kadaré relata en 'El cerco' la historia del asedio que desembocó en la caída del Imperio Romano del Oriente y el triunfo de la Sublime Puerta del otomano Mehmet II

Inicialmente, el título de esta novela, publicada en 1970 y revisada en los 90 para su edición francesa, fue el de Los tambores de la lluvia. Con ello se aludía a cierta tropa del ejército mongol, cuyo cometido era anunciar, con el estruendo y la solemnidad adecuadas, el fin de la temporada de guerra, por la llegada de las primeras gotas. Para el guerrero medieval, "ir a los mayos" era volver de nuevo a los caminos, y en suma, retomar la espada tras el ocio obligado del invierno. Después de varios cambios, Kadaré ha escogido este título de El cerco, donde se obvia el carácter estacional de las viejas contiendas, dejando en primer término la cualidad más notoria de la narración: se trata de la historia de un asedio. Pero de un asedio que implica, a su vez, la caída del Imperio Romano del Oriente y el triunfo de la Sublime Puerta. Esto es, del Imperio Otomano de Mehmet II.

Es difícil saber si Kadaré, al narrar el asedio a una imprecisa ciudad albanesa, pretendía también hablar metafóricamente del poder, y en concreto, de la dictadura que entonces soportaba su país. No hay indicios de ello en la narración, y sí un preciso estudio psicológico sobre los sitiadores, sobre el vasto y ordenado ejército anatolio que se extiende a las faldas de una fortaleza cristiana. El cerco, pues, no es tanto una novela bélica o histórica, como una divagación sobre el fatalismo, el desánimo y la superstición que empozoña el ánimo de la tropa rechazada por una ciudad heroica. Nadie ignora que el modelo literario para posteriores sitios es la Troya homérica hostigada por Aquiles. El propio caballo de Troya se ha convertido en imagen de la argucia hostil y la victoria fulminante. Sin embargo, es La caída de Constantinopla, 1453, de sir Steven Runciman, la narración que más nos acerca a cuanto Kadaré fabula en El cerco. Los cañones que arruinan y desgajan la fortaleza albanesa, obra de un arquitecto "infiel", son quizá los mismos que atronaron las murallas de Constantinopla, y cuya autoría se debió al ingeniero húngaro Urban. Aquellos gigantescos cañones de bronce, según nos cuenta Runciman, sólo podían ser disparados muy pocas veces al día, y necesitaban para su transporte de setecientos hombres y setenta bueyes. De igual modo, los jenízaros que abultan con su sangre las páginas de esta novela, son aquéllos mismos que en número de ochenta mil tomaron al asalto las venerables piedras que dan cima al Cuerno Dorado (la Guardia Varega del Sultán estaba formada por atroces vikingos mercenarios). Hay una diferencia crucial, sin embargo. Mientras en la verídica narración de Runciman (La Historia de las Cruzadas de sir Steven, publicada también en Alianza, es colosal y fascinante), se detalla el pormenor aciago de los asediados, en el relato imaginario de Kadaré es el ejército opresor, con su cenefa de lombardas, escaleras y alfanjes, quien se exaspera y se abate con el severo mutismo del castillo tinto en sangre. A lo cual añade el prestigio fantasmal y el terror sagrado que suscita un caudillo medieval albano: Jorge Castiriota, el temido y venerado Scanderberg.

En anteriores obras de Kadaré, es el vario sustrato cultural de Albania, entre el Oriente y Occidente, lo que se trasluce de modo, a veces humorístico, a veces melancólico o dramático. Tal vez en El cerco Kadaré haya querido mostrar la violencia con que esas culturas se mezclaron, al tiempo que se forjaba una mitología, una épica, de la patria albana. En España, un enigma histórico, cuenta Sánchez-Albornoz cómo Sevilla, tras la toma de Fernando III, permaneció varios días vacía, como una ciudad fantasma (era el invierno de 1248). Y también sabemos por otros cronistas de las lágrimas de aquellos príncipes africanos que abandonaron Isbilia, en una noche amarga, Guadalquivir abajo, camino del destierro. Quiere esto decir que es la fatiga y la sangre, la innumerable crueldad, el tedio y la conquista, quienes forman en última instancia todo eso que llamamos cultura. El general que comanda El cerco quizá lo sospecha: vendrá un asedio y otro asedio, se tomarán nuevas ciudades, se extenderá como una sombra el imperio de la Sublime Puerta. Pero la victoria, el laurel, la íntima devoración del enemigo, nunca llega.

Ismaíl Kadaré. Traducción de Ramón Sánchez Lizarralde. Alianza Editorial. Madrid, 2010. 393 páginas. 19 euros.

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