El supermercado se sube al carro: más novelas que kiwis en la cesta

  • Las grandes superficies utilizan la literatura como gancho para combatir la crisis

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Espuma de afeitar, patatas fritas, una docena de huevos y un libro de aventuras. Algo está pasando en la cesta de la compra. Los supermercados intentan paliar el vacío existencial que sufre el consumismo voraz creando o ampliando la sección de librería. Menos kiwis, más cuentos chinos. Caída libre de la venta de productos de usar y tirar, auge de la novela crepuscular. Portadas en rojo y negro ilustran los pasillos donde antes reinaba el jamón serrano a precio de oro. Ofertas dos por uno de libros de bolsillo, volúmenes de autoayuda económica, oportunismo en do mayor. De pronto, sin previo aviso, la cultura sale barata, salvo los discos, hundidos en la miseria de la cultura de la gratuidad de hoy, hambre pa mañana. Entre tanto best seller en rotación, enigmas indescifrables de andar por casa, historias para no conciliar el sueño, siempre se puede encontrar algo interesante, quizá algún libro a la vera de las pilas alcalinas.

Los imperialistas del negocio al por mayor captaron al vuelo la señal de la crisis, comprobaron que la coyuntura económica no afectaba al sector editorial y tomaron medidas. Diez metros lineales de estantes para libros en el Hipercor, una nueva franquicia de libros urgentes en Bahía Sur, más libros salidos de la nada en Supersol, y mucho papel prensado sustituyendo a discos y compitiendo directamente con emepetreses, playstations, plasmas, ipods, cafeteras y minipimers en Media Markt. "Yo no soy tonto, ni analfabeto". Ejemplos con nombres y apellidos del nuevo fenómeno, quién iba a pensar que los libros sacarían de un apuro a los centros comerciales, otrora sin compasión, hoy curados de espanto y de humildad y paciencia. "Vendemos libros como si fueran naranjas", apunta un encargado del rincón literario de un supermercado, "pero ojalá sirva la crisis de aliento para fomentar la lectura". Leyendo entre líneas, que es gerundio. Terror en el hipermercado, horror en el ultramarinos, cantaban Kaka de Luxe. Ni que decir tiene que las grandes superficies de la Bahía despachan literatura de fácil acceso, nada de especialización. "Es cuestión de tiempo. El supermercado nunca fue el hábitat natural del libro, pero ya notamos su presencia en el cesto de la compra", advierten en otro centro comercial, donde se ha pasado de la opulencia ficticia y los carritos llenos hasta la bandera, a los lunes desnudos al sol, los doce meses sin intereses y el aquí tiene usted su casa. Los valores seguros de la literatura comen pizzas de cuatro quesos y helados baratos.

"El otro día, un cliente me contó que había encontrado un libro llamado "Setas en los Alcornocales" en una tienda de chucherías. Los supermercados utilizan los libros como gancho, ante el descenso de beneficios, como complemento. Se trata de un tipo de venta basado en el impulso", certifica Juan Manuel Fernández, alma mater de la librería Manuel de Falla de Cádiz, con 36 años de labor a sus espaldas. "A las librerías de fondo, donde se estila la complicidad con el lector, un trato intimista y mayores exigencias en cuanto a calidad, selección atinada de títulos, buenas ediciones y un punto de vista más romántico de la vida y de la literatura, no nos viene bien que los supermercados entren en escena en la venta golosa de libros. Hay mercado para todo el mundo, pero lo malo sería que las grandes superficies se apoderasen de gran parte del porcentaje de ventas; correríamos serio peligro". En los hipers no venden un libro titulado "Supermercados, no, gracias", retrato crítico de la voracidad del sector, su cara oculta.

Como dice Manuel Vicent, cuando un librero se acerca a un cliente se establece una relación de calidad que actúa de prolongación natural de la cultura. El librero perceptivo conoce al cliente, Juan Manuel Fernández habla de lectores, nunca de clientes. "A veces vienen a disfrutar de un paseo por las estanterías, se les ve contentos y con ello nos sentimos satisfechos, amén de entablar amistades y contactos por la cercanía de la tienda". Nada que ver con las cajas rápidas, que suelen ser las más lentas del planeta, o los dependientes de secciones de libros o discos que ni siquiera conocen el paño. "¿Me puede deletrear Bob Dylan?" Paecharlo.

En el término medio, y como excepción que corrobora la regla, en El Corte Inglés gaditano, donde el fin justifica hasta un puente, trabaja en la sección de libros un historiador, Fernando Suárez, que acaba de estrenarse como escritor de novelas de aventuras con Saturno Ventura. Fernando sabe de lo que habla, al contrario que algunos vendedores de ilusiones vanas, que aprovechan la presencia de un lector o melómano para endilgarle el ultimo detergente por narices. Las librerías, en cambio, constituyen una experiencia humana, sean intimistas como Manuel de Falla o de trasiego como Quorum, por citar dos ejemplos gaditanos.

"Si las editoriales frenasen el ritmo de publicación de novedades, lo notaríamos en exceso", señala Fernández. "Pero hay tal variedad y cantidad de títulos que el lector no deja de leer, ya sea con precios baratos o mediante cuidadas ediciones. Los números cantan. Veremos si la Feria del Libro de Cádiz confirma la tendencia, allí sentiremos el eco del lector habitual".

Mientras tanto, en las librerías clónicas de los supermercados, el constante ir y venir de miradas interesadas, miradas de soslayo, prisas y pausas, sabores, olores y códigos de barras, los éxitos editoriales campan por sus respetos, encuadernan la crisis con regalos más baratos que una puñalada trapera, y cometen crímenes como estampar los precios adhesivos en las tapas de los libros.

Los carritos ya no caminan, altaneros y arrogantes, atestados de kiwis y televisores. Las franquicias de la cultura del chándal, la amnesia dermoestética y la moda fugaz, piden socorro. Los concesionarios de coches parecen cementerios mancomunados. El parné sigue inmovilizado. Pero se publican más libros que nunca. Los discos agonizan. Las bibliotecas abren los ojos. Los lectores permanecen fieles, curioso panorama en plena huida hacia adelante del mundo enfermo. Con la crisis, la cultura pierde pedigrí e idiotez (cultura del vino, cultura gastronómica, cultura de no sé qué), y gana dignidad: cultura a secas. Y el dinero, como el lema dichoso, no es tonto.

Agua mineral, regaliz rojo a un euro el pack de tres, utopías listas para freír, paté de tontería, ropa barata y un libro para ir tirando. Sociólogos de andar por casa rubrican que la gente sale menos, no gasta lo que no tiene, dedica el fin de semana a pasear o ejercer el sano deporte mental de la lectura o echa cuentas al olvido. Nadie sabe qué está pasando. ¿Será contagioso?

ealcina.blogspot.com

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