El sueño de la razón

Dicen que Umberto Eco concibió El nombre de la rosa debido a las ganas que tenía de matar a un monje tras una agotadora investigación medievalista. Tal vez los gaditanos de Satarino hayan tenido una experiencia similar a la hora de hacer su versión escénica de la novela, best seller imprescindible en cualquier biblioteca que se preciase en la década de los 80 y 90. El hartazgo que provocó Guillermo de Baskerville puede que den ganas de matarlo teatralmente.

O al menos de parodiarlo. Para empezar, en los nombres de los dos protagonistas, que pasan a ser los de los actores de la película de 1986: Sean Connery y Christian Slater. Más que un chiste, es una congruencia con los juegos de la novela original. Eco conjugaba en el nombre del racionalista monje Guillermo de Baskerville al filósofo medieval Occam y al caso más famoso -y perruno- de Sherlock Holmes. Su fiel acólito Adso sonaba fonéticamente a Watson. Sin embargo lo sorprendente de esta adaptación es su fidelidad al original. La parodia no destruye sino que refuerza. Es un titánico ejercicio saber coger las líneas maestras de la compleja trama de la novela y transponerlas con toda claridad en menos de hora y media. Y con sólo tres actores. Uno diría que hasta le sobraban los chistes. La complicidad de un público que conoce el secreto de los crímenes de la abadía benedictina es fundamental para el juego escénico.

Y uno también se atrevería a defender la pertinencia de la trama de El nombre de la rosa (de la cosa en la versión Satarino) en estos tiempos de integrismo religioso. Eco nunca escribió una novela inocente, como suele pensarse cuando un libro llega a ser best seller. Conocía bien las luchas de la Iglesia Católica entre las diversas órdenes y el radical monje Jorge de Burgos se ha convertido por desgracia en paradigma de muchos imanes y obispos que no quieren la risa y sí el miedo de sus feligresías. Quién nos lo iba a decir a los que leíamos el libro en los relajados años 80. Al final se ha convertido en una necesaria defensa de la cultura racionalista frente al integrismo.

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