La sombra de un sueño

Comentarios 2

Compañía: Israel Galván. Coreografía y baile: Israel Galván. Dirección artística: Pedro G. Romero. Guitarra: Alfredo Lagos. Cante: David Lagos. Iluminación: Rubén Camacho. Sonido: Félix Vázquez. Día: 27 de abril. Lugar: Gran Teatro Falla.

Todo universo tuvo su edad de oro, época mítica y de inocencia que se añora como un paraíso perdido o tiempo pasado que se recuerda como mejor, incluso sin haberse vivido. El del flamenco, lo tuvo, según los entendidos, entre el primer tercio del XIX y primero del XX, precisamente cuando adquiere su identidad como tal. Y aunque tuvo sus luces y sus sombras, pues no hay edén sin serpiente ni pecado original, sí es cierto que todo era más puro y sencillo. Por ello, esta puesta en escena rinde homenaje a ese momento en que cante y baile lo eran todo, a través de una sobria propuesta, casi desnuda de escenografía.

En un espacio en negro, acotado a las dimensiones justas y necesarias por un rectángulo de luz, se sitúan tres humildes -pero de noble solera- sillas de enea para tres celebrantes que ofician un ritual de sombras y de sueño. El cante suena como un aire antiguo y fresco, la guitarra como un agua eterna y purificadora; y sobre la tierra sólida y firme del escenario, el baile prende como un fuego permanente y luminoso. Este se basa en la conjunción de unas particulares figuras que se repiten en cada fragmento, aunque variando la intencionalidad y el carácter, resultando un trabajo de carácter minimalista que puede resultar, a la larga, excesivamente repetitivo.

El eje principal de la coreografía es la lateralidad, como intentando explorar el territorio fronterizo que va más allá del escenario, creando a veces, la ilusión de que el artista es, en realidad, un jeroglífico egipcio en movimiento. Sin embargo, no se pierde la conexión con el referente central del espacio escénico, que, conforme avanza el espectáculo, gana en amplitud a través de la iluminación. Los tres intérpretes, cada uno en su especialidad, funcionan como una santísima trinidad donde no hay jerarquías ni de alante ni de atrás, donde todos pueden tener su momento de gloria y permitiéndose, incluso, una pequeña autoparodia, intercalando sus roles en las propinas al final del espectáculo.

Nunca sabremos si aquella época dorada fue mejor, pero lo que sí se echa en falta es ese público con-celebrante, atormentado por los que no merecen el nombre de respetable. Hijos de un mundo vulgar y estridente que discuten con los acomodadores, se alimentan de ruidosas bolsas de frutos secos, empujan las puertas para que se note que son de antes de la guerra o no pueden desconectarse de la aldea global con sus móviles siempre operativos. Nadie les ha enseñado que hay que guardar silencio porque peligra la vida del artista (y del espectador de la edad dorada).

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios