La silenciosa despedida de José Antonio Sabino

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Sinceramente, es de las veces en las que, como se suele decir, se te queda +cara de estúpido. Porque ¿cómo pudo ser que uno no se enterase? Imperdonable. La vida, ya se sabe, es propicia a que los caminos se crucen y se distancien según pasan los años o cambian los afanes. Pero no lo suficiente como para explicar tanto desnorte. Ni siquiera lo que tan bien escribió José Bablé, aquello de "irse en silencio", justificaría un desconocimiento que se vuelve más doloroso, porque se trata de la pérdida de una persona querida, cuya marcha te fue ajena. Te duele saber del fallecimiento de José Antonio Sabino y te enrabia más aún la tardanza en conocerlo. Ni antes ni después podrías haber hecho otra cosa que lo que ahora haces, escribir, porque la palabra es sanadora y porque es lo único que te queda para evocar su recuerdo y reconocerle la larga dedicación que tuvo en unos buenos años de su vida para con el teatro y la música. Cualquiera que tuviera mayor o menor relación con estas u otras disciplinas, allá por los años noventa, inevitablemente tuvo que lidiar con Sabino, al que le cupo la responsabilidad de abrir y dirigir un espacio escénico nuevo, la sala Central Lechera -sin definir por aquel entonces (y no sé si todavía)-, por el que luchó quizás no con mucho sistema, todo hay que decirlo, pero siempre con mucha pasión y echándole la imaginación a que los presupuestos suelen obligar, que en esas cuestiones pocos cambios suele haber.

Sin mirar archivo alguno, y haciendo solamente uso de una memoria que se hace necesariamente selectiva, recuerdo las grandes noches que en La Lechera protagonizaron una serie de músicos gaditanos (Ruibal, Alcedo, Domínguez…), por aquellos años en crecimiento, y que en ese recinto escueto, pero muy familiar y cercano, encontraron la dimensión y el tratamiento idóneos para una puesta en escena digna y adecuada a sus méritos. Y el flamenco. Siempre he citado a las distintas ediciones del ciclo 'Caminos del Flamenco', que se dieron en esa sala en sucesivos años, como un hito en cuanto a presencias en nuestra capital de figuras que ya son históricas (Fernanda, Bernarda, Chaquetón…). No sé si todas las ediciones son atribuibles a Sabino, pero sí que recuerdo vivamente las últimas, de las que sí estoy seguro que se debieron a esa peculiar inventiva suya de hallar asesoramiento y recursos en donde hiciera falta. En esa ocasión debió de ser Charo Cruz la fuente, y gracias a su alianza, en Cádiz y en La Lechera, tuvimos la oportunidad de conocer a una entonces desconocida Eva la Hierbabuena (por entonces, escrito así) o al bailaor que en unos años habría de convertirse en uno de los principales coreógrafos de su generación: Javier Latorre.

Son sólo algunas de las aportaciones que, entre otras -qué decir de su apuesta por el posteriormente oscarizado Jorge Drexler-, dejó José Antonio a la escena de la música gaditana. Y, a la vez, parte de las razones por las que ahora, y desde que supe de su fallecimiento, no dejo de recordarlo, como recuerdo su sonrisa siempre con deseos de agradar.

Son razones, sin duda, personales, pero que deseo que -a través de estas líneas- cobren al menos la dimensión del pequeño universo de la cultura gaditana que, como decía Bablé de forma también personal, algo le debe a este compañero que se fue tan en silencio.

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