El seductor encanto del barroco

Nos cuenta Alejo Carpentier en un ensayo que aparece en su libro Tientos, diferencias y otros ensayos, que para Eugenio d'Ors lo que había que ver en el barroco era una suerte de pulsión creadora que vuelve cíclicamente a través de la historia en las manifestaciones artísticas, tanto literarias, plásticas, arquitectónicas o musicales, dándonos una imagen acertada de ello cuando afirma que existe un espíritu barroco, como existe un espíritu imperial. En eso pensábamos escuchando el concierto barroco que el trío Hippocampus -espécimen barroco, por cierto- nos ofreció el sábado en el Oratorio de San Felipe. Carpentier reafirma lo que dice D'Ors al definir lo barroco como una constante humana que de ningún modo puede circunscribirse a un movimiento arquitectónico, estético o pictórico, nacido en el siglo XVII. ¿No hay, acaso, barroquismo en Dafnis y Cloe de Ravel o en mucha pintura de Monet o Chagall?

Los tres autores que intervenían en el concierto -Krieger, Froberger y Biber- no son frecuentes en las programaciones barrocas al uso, pese a su cercanía, en el tiempo e importancia, a músicos de la talla de Buxtehude, Frescobaldi o Scheidt, flanqueados a más larga distancia por Heinrich Schutz o un Juan S. Bach, el Himalaya de la gran cordillera musical, como lo definió el clavecinista Alberto Martínez Molina en los comentarios con los que explicó algunas de las obras; en todo caso músicos que anunciaban ya a los grandes compositores operísticos alemanes, Telemann, Haendel, Matheson...

Seis sonatas -sin que el término tenga las implicaciones formales actuales-, una suite y una partita compnían el programa. El grupo, formado por la violinista Kerstin Linder-Dewan, alemana; el viola da gamba Jordi Comellas, catalán, y el clave Alberto Martínez Molina, madrileño, tuvieron magníficas actuaciones, ajustadas al estilo y a la época de las obras; por ejemplo con un violín que evitó destacar el ligado -lo que hubiera sido más propio del romanticismo- y sí dando un movimiento de arco en cada nota, haciendo al instrumento más popular y cercano.

A destacar la Sonata I La Anunciación, de Franz von Biber, perteneciente a las Sonatas del Rosario; un solo que Linder-Dewan bordó y por la que fue largamente aplaudida. Igualmente destacable fue la Suite en sol menor para clave solo de Jakob Froberger, el que fuera discípulo de Frescobaldi, con la que se lució Martínez Molina en ella. Pero en donde se dejó ver, además del dominio que cada músico tenía de su instrumento la gracia desenfadada de la partitura, fue con la Sonata representativa de Biber; obra descriptiva en la que se imitaba a una serie de animales. Glissandos y disonancias dieron buena cuenta del ruiseñor, el cuco, la rana, el gallo y la gallina y, sobre todo, el gato, cuyo maullido meloso pareció que lo hacía un gato de verdad escondido en alguna parte. Un encanto de concierto. Ciertamente.

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