El secreto del baile flamenco lo tiene Eva Yerbabuena

  • Sólo Eva la Yerbabuena era capaz de mantener el listón tan alto como lo dejaron la noche anterior en Villamarta Merche Esmeralda, Belén Maya y Rocío Molina.

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Sólo Eva la Yerbabuena era capaz de mantener el listón tan alto como lo dejaron la noche anterior en Villamarta Merche Esmeralda, Belén Maya y Rocío Molina, y no defraudó en una jornada en la que se emocionó doblemente. Cuando le dedicó el Premio del Público 2007 a su padre, a mediodía en la bodega González Byass, y al concluir anoche de derramar toda su fuerza y su temperamento sobre las tablas tras presentar Santo y Seña, una retrospectiva sobre algunas de sus coreografías. El público le despidió en pie con una larguísima ovación.

La Yerbabuena demostró, de entrada, que es una bailaora sensible y de otro planeta, a la que no le gusta que la encasillen. Si hubo una variante flamenca con la que deliberadamente dejó al personal con ganas de más es justo la que hasta ahora le ha distinguido del resto: su arrebatadora e ingobernable soleá. Marcó cada matiz de este cante fotograma a fotograma, anclada en sus poderosos pies como si estuviesen enraizados en el escenario. Ralentizando el baile, cada gesto, cada pose y movimiento a cual más evocador. Los cuatro cantaores, uno a uno recorriendo con parsimonia el escenario fulgurantes y preñados de hondura, posaron cada tercio a sus pies, y desde el público se oyeron los oles.

Sin embargo, cuando todo parecía predestinado para que llegara el ciclón, cuando José Valencia se arremangó porque le sobraba hasta el último pelo de su cabeza y se sacó de no se sabe dónde un prodigioso cante por bulerías, justo ahí,  la Yerbabuena, el vestido dorado y la mirada limpia, se contuvo a conciencia. Metió los pies y exhibió casta, pero no quiso que anoche todo quedara reducido a esa explosión de júbilo que desata con su soleá, cuando de la tormenta pasa a la calma en un instante mágico que tantas veces ha regalado con el arcoiris más flamenco del territorio jondo.

Para ser la número uno hay que darlo todo y superarse a diario y Yerbabuena, que hoy por hoy está un escalafón por encima de las bailaoras de su generación, le entregó al público,  en cuerpo y alma, un impresionante abanico de propuestas bailaoras del mejor calibre. No quiso recurrir a lo más fácil, aunque para muchos cueste entenderlo. Y así lo decidió porque tiene el secreto del baile y la cabeza muy bien amueblada, sabedora de lo que quiere en cada momento.

Tras subrayar su baile recogido, como un torbellino metió el zapateado en la seguiriya con la que se presentó, de negro. La voz de Enrique Soto, desde el patio de butacas, la enchufó al baile desde el inicio y, entregada al cante,  parió la música con sus pies cruzándolos entre sí, de la punta al tacón, jugando a ser un purasangre andaluz, bailando hacia delante y hacia atrás, como haría en el mirabrás, pero aquí con la dificultad añadida de que la bata de cola le acompañaba bailando también. Cuando giró sobre sí misma como si cada brazo cobrara vida, el patio de butacas rompió en aplausos. Yerbabuena no es de este planeta, pensó más de uno.

  A continuación, presentó al cuerpo de baile para una vez más reivindicarse como una buena coreógrafa que sabe lo que se tiene entre manos, con sentido del equilibrio, la plástica, la limpieza en escena y, sobre todo, desde la honestidad en el baile. Lo mismo en la extraordinaria farruca que inventó Paco Jarana que en las bulerías.

Plena de facultades y derrochando flamenquería, Yerbabuena reinventó el mirabrás con toda la gracia de Cádiz. Llenó el escenario ella sola, aunque músicos y cantaores dieron buena muestra de su talento. De blanco y naranja, posó con el mantón en forma de alas y hasta el último elemento lo planeó al detalle, desde las hebillas del pelo que le dieron  más brillo si cabe, hasta el ímpetu que destiló con cada poro de su piel. Como si le ayudaran duendecillos bajo la bata, la movió con tanta soltura y gracia, que dio la impresión de que vistiera una simple tela vaporosa.

Pero llegarían los tientos y los tangos, casi nada. Recreándose y enamorando al público, la bailaora, de rojo y negro esta vez, llenó el escenario meciendo los cantes con sus caderas y hombros. A compás del tiempo. Algo fuera de serie que sólo está al alcance de los discípulos del baile que, como en su caso, un día, a los 11 años, observando junto a su padre un festival, decidió que querría ser una bailaora como la que tenía frente a sus ojos para el resto. Los cuatro cantaores la recogieron por bulerías y con ellos se despidió una año más una extraorainaria bailaora que sólo tiene detrás su talento y su trabajo.

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