El ruido de las cosas al caer

  • Alcances rastrea en el alma de los criminales en un recorrido que nos lleva de la Barcelona del XIX a la guerra de los narcos

Pablo Escobar, dueño y señor del mayor cartel de cocaína que ha existido nunca, el de Medellín, propietario del monopolio de la farlopa colombiana durante toda una década, la de los 80, es un encanto en su foto de comunión. Ordena crímenes por el día y, por la noche, le cuenta un bonito cuento a su hijo para que duerma. Pablo Escobar compra hipopótamos para que se revuelquen en su Hacienda Nápoles y todos puedan visitarlos. Pablo Escobar regala frigoríficos a los más pobres, financia campos de fútbol para los hijos de las chabolas. Pablo Escobar es un personaje complejo. El se ve como un Robin Hood y se une al partido que fundan Rodrigo Lara Bonilla y Luis Carlos Galán, un partido por la decencia y por el orgullo de Colombia. En realidad, escobar quiere ser presidente de Colombia. Cuando Lara Bonilla y Galán se enteran de quién es Escobar, le dan la espalda. Lara y Galán, de hecho, le declaran la guerra al narcotráfico. Y Escobar los mata. Primero a uno y luego a otro. La espiral de muerte hace que los colombianos chapoteen en sangre. Luego, Escobar morirá a manos de sus enemigos, los nuevos dueños del negocio, el cartel de Cali, por mucho que el gran trofeo se lo cedan a la policía.

Para conocer cómo funciona el negocio de la droga desde su raíz está El poder del perro, de Don Winslow; para conocer el impacto que en el pueblo de Colombia tuvo la fiebre de violencia que nació del hombre que coleccionaba hipopótamos está la espléndida novela El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez; pero si lo que queremos es conocer a Pablo Escobar por dentro tenemos que ver Los pecados de mi padre (viernes 16, 17 horas). Toma la palabra Sebastián, en realidad Juan Pablo Escobar, el hijo del narcotraficante, que cambió su nombre para disfrazar un estigma. "Yo no me puedo quejar de ninguna injusticia que sufra, no me puedo quejar de ser odiado o perseguido, no me puedo quejar de no poder volver del país... porque soy el hijo de Pablo Escobar, por todo lo que hizo Pablo Escobar y yo desapruebo. Pero era mi papá y no puedo ser culpable de querer a mi papá".

El testimonio no sólo de la familia Escobar, sino de otros huérfanos, como los hijos de Lara Bonilla y Luis Carlos Galán, es uno de los más bellos homenajes a la reconciliación. Los pecados de mi padre defiende que la culpa y la rabia no son hereditarias, que la venganza no es genética. Incluso se atreve a insinuar un imposible: que Colombia tiene arreglo.

Una historia de venganza es la que construyó el pintor Carlos García Alix en 2007 cuando retrató en El honor de las injurias (domingo 16, 19,30 horas) la figura de Felipe Sandoval, el más salvaje atracador y asesino de las filas anarquistas en la República, responsable de la quema de la cárcel Modelo, uno de los actos más sanguinarios y devastadores de aquellos años de violencia. Sandoval no era un santo, más bien todo lo contrario. Lo que hace García Alix es intentar desentrañar el funcionamiento de ese comportamiento rabioso y descubrirá el hombre tras el monstruo, que es lo que empuja a cualquier artista a sumergirse en estas grutas humanas.

De manera mucho más distendida indaga el productor Pedro Costa, creador de la serie La huella del crimen, en las conspiraciones (todas ellas unas auténticas chapuzas) para matar a Franco. Incluso fabula con el éxito de uno de estos atentados: el asesino de Franco es un camarero mexicano que viaja a España para liquidar al dictador no por odio, sino porque está harto del vocerío de los exiliados españoles a los que lleva escuchando años en su café la monserga de que 'éste año seguro que cae Franco'. Pue ea, ya cayó. Alejado de cualquier tono grave, se agradece en Los que quisieron matar a Franco (jueves 15, 17 horas) que se abandone ese gemido permanente que acompaña todo el documentalismo que aborda la feroz dictadura. Forma parte de nuestra tradición el humor negro. Y aquí lo hay y, a ratos, muy bueno. Algo de esto tiene Carlos Balagué, eficaz director de thrillers de terror, en La bomba del Liceo (Viernes 9, 17 horas), en la que el atentado perpetrado en 1893 por Santiago Salvador es una excusa para hacer un fresco de la Barcelona de la época. Las apariciones de Eduardo Mendoza son impagables.

Completa el ciclo dedicado a los fuera de la ley Paradise Lost (Viernes 9 1ª parte y Sábado 10 2ª parte, 22 horas), unadurísima historia realizada hace ya más de diez años y que forma parte de los títulos clásicos del documentalismo criminal: tres niños son asesinados en Arkansas en lo que parece un rito satánico. Tres jóvenes fueron procesados. La sombra de la duda hace todo lo demás.

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