gay mercader. promotor musical

"El rock es como el truco de un mago: dura lo que dura"

  • El empresario publica un libro en el que recorre, a través de sus carteles, los conciertos más importantes de entre los más de 3.400 que ha organizado

The Rolling Stones, Lou Reed, Bob Dylan, David Bowie, Eric Clapton, Neil Young, Patti Smith, The Who, Pink Floyd, AC/DC, Chuck Berry, The Kinks, Leonard Cohen, The Clash, Iggy Pop, los Ramones, Bruce Springsteen, Nirvana, Leonard Cohen, James Brown, The Cure, Bob Marley, Iron Maiden, Frank Zappa, The Police, Queen, Michael Jackson... La lista podría, casi literalmente, ocupar toda esta página. Piensen -por resumir- en cualquier "as de la baraja", como los llama él: raro es que no lo trajera Gay Mercader por primera vez a España. "Para bien o para mal", afirma, diríamos que con cierto tono socarrón, "soy el responsable de que exista aquí una industria musical". El promotor más legendario de España, historia viva del rock en este país, acaba de publicar Tour Posters 1971/2017 (Vudumedia/Satélite K), un libro con magnífico prólogo de Diego A. Manrique que -a través de una selección de carteles de sus conciertos (562 de los más de 3.400 que calcula que ha organizado desde que trajo por primera vez a los Stones en 1976)- da fe de la enorme huella que este hijo rebelde de la altísima burguesía barcelonesa ha dejado en el último medio siglo de música popular. No esperen, eso sí, ni secretos ni cotilleos frívolos. Aquí, al amigo íntimo de Keith Richards, Patti Smith o Iggy Pop le puede, irremediablemente, su discreción aristocrática.

-¿Por qué es tan reacio a escribir unas memorias?

-No me parece ético. Ni estético. Muchas cosas las viví no como promotor sino como amigo, y nada me parece peor que traicionar la confianza de la gente que te ha dado su amistad. Para mí no hay nada por encima de la amistad y la lealtad. Por otro lado, vivir mi vida una sola vez ha sido cansado, así que sería una pesadilla ponerla en pie otra vez. Este libro es el primero y el último que se hace en mi nombre. Yo aquí acabo con estas cosas. Además, mi madre, que a sus 92 años anda finísima, me retiraría la palabra.

-¿Se escandalizaría?

-¡Ah, no! No lo creo... Pero no le parecería elegante. A mí me han educado de una manera. Una cosa es que yo te cuente tres anécdotas, que lo puedo hacer, y otra muy distinta es que vomite todo lo que he vivido. Vamos, que no me veo yo en un SálvameDeluxe del rock.

-¿Cómo se tomó su familia su decisión de dedicarse a los conciertos en vez de coger el timón de los negocios familiares?

-Lo pasó mal, porque en efecto eso es lo que se suponía que yo tenía que hacer, pero me hice hippie. El rock me cambió la vida, fue una conversión en toda regla, una epifanía en technicolor. Fue escuchar a los Beatles, a los Stones, a los Kinks, a los Animals, y decir "adiós muy buenas, queridos, me voy a este mundo que me gusta bastante más". Y de golpe y porrazo pasé de ir con esmoquin a llevar melena, un pendiente de colmillo y abrigo de pieles. Me sentí muy rechazado por todo mi entorno social, pero hoy estoy contentísimo de ser un descastado. Suelo decir, de cachondeo, aunque es verdad, que nací con una cuchara de plata en la boca y la escupí.

-Vittorio de Sica era tío político suyo. ¿Qué relación tuvo con él?

-Sí, se casó con mi tía María, hermana de mi padre. La relación era buenísima. Yo vivía en un mundo extremadamente burgués, en el mundo de alta-alta-alta burguesía, me crié con la gente más rica de Francia y de gran parte del mundo, tenía amigos que iban al colegio con guardaespaldas, iba a fiestas en castillos en las que un día tocaban los Kinks y otro los Moody Blues... Pero luego hablaba con mi primos y me contaban que habían estado, no sé, con Ringo Starr, y que les había invitado a su boda. O que mi tío no se podía poner al teléfono porque estaba desayunando con Richard Burton... Tuvo una gran influencia en mi vida, me hizo ver que fuera del mundo al que yo pertenecía había otro mucho más divertido, más abierto, más artístico, y que no todo se limitaba a acumular dinero y poder. Mi ambiente social me parecía un gueto, porque hay muchos tipos de guetos, también los hay de ricos, y a mí eso de irse cada verano a Marbella a saltar de yate en yate me asfixiaba.

-Otro famoso pariente suyo, primo segundo de su abuelo paterno, fue Ramón Mercader, el asesino de Trotski. Me imagino que de él no se hablaba tanto en las reuniones familiares...

-No, no. A mí me parece espantoso lo que hizo, no sólo porque fuera un asesino sino porque, como te dije antes, para mí no hay nada peor que traicionar a alguien te ha dado su confianza, y Trotski se la dio a este pariente lejano. Conocí a su hermano, un hombre encantador, pasó muchos veranos en la casa de mis padres en la montaña, pero yo aquello no lo supe hasta mis 16 o 17 años. La verdad, no me impresionó mucho. Es cierto que ese asesinato cambió el curso de la Historia, pero en términos personales diría que me parece un elemento folclórico más de mi familia. Pero oye, que también soy pariente de Pasqual Maragall, y de él estoy bastante más orgulloso...

-No me diga. ¿¡También!?

-Él me llama "primito", pero somos primos segundos. Barcelona es pequeña. Bueno, no tanto, pero hay las familias que hay y están todas vinculadas. Ese mundo es así.

-¿Le sirvió de algo, en su vida posterior, haber estudiado con los hijos de Onassis y los nietos de De Gaulle, haberse criado entre los amos del mundo?

-Es que Ése era el mundo al que yo pertenecía por nacimiento, para mí no era nuevo ni sorprendente ni irreal. Siempre estuve en los mejores colegios de París, de los cuales me expulsaban regularmente, también sea dicho, porque siempre tuve un carácter rebelde. Recuerdo, a fin de cuentas, lo mismo que deben de recordar muchos niños: que el colegio es un coñazo. Mis padres me dieron una educación exquisita, sobre todo porque me hicieron ver que el mundo era ancho y grande y que no se limitaba a donde tú vivías o habías nacido. Esto me ayudó mucho a la hora de trabajar, en primer lugar porque entre mis compañeros de clase y los artistas que había conocido en casa de mi tío, empezando por él mismo, no había gran cosa que me impresionase, lo cual siempre ayuda a la hora de cerrar un negocio; y también porque para mí el mundo era como un supermercado en el que entras y pides lo que quieres.

-Y usted pidió rock & roll...

-Me lancé a ese mundo, sí, pero entonces, en el 71, cuando empecé, aquello no era todavía un negocio. Ni para mí ni para los músicos. Ringo [Starr] dijo en su momento que si les duraba cinco años la fama y podía abrir una cadena de peluquerías se daba ya por satisfecho. En aquella época nadie se metía en esto para hacerse millonario, era de verdad una cuestión de pasión, una necesidad vital. Luego la cosa funcionó y se hizo grande, grande, grande...

-Usted está ahora... ¿cómo lo decimos? ¿Retirado?

-Yo diría que sólo trabajo cuando me apetece, que no es muy a menudo. Si un artista específico me dice que quiere actuar conmigo y sólo conmigo, yo me muevo, por lealtad. Yo esto lo haría por Robert Smith [The Cure], AC/DC o Norah, y probablemente también por Phil Collins. Pero yo ya no estoy para ir a pelearme con éste y con el otro como he hecho toda la vida, y no dormir, y tener un tic facial por el estrés...

-¿Tan alto fue el precio personal que pagó por el éxito?

-Yo trabajaba 16, 17, 18 horas al día. Y esto me costó que cinco novias me mandasen a paseo. Llegó un momento en que sentía que iba a acabar en el psiquiátrico o en el ataúd. Ahora, a mis 68 años y medio, lo que quiero es vivir con tranquilidad, que es lo que nunca he tenido porque he llevado una vida muy agitada. Estoy en mi finca, con mis animales, leyendo, escuchando música, soy un tipo bastante solitario aunque vía teléfono estoy muy conectado con mis amigos. No tengo interés ni en viajar, hace 11 años que no tengo pasaporte, con esto te lo digo todo.

-¿Es falsa entonces esa imagen del gran promotor como estrella de rock por otros medios?

-Es una mentira. Cuando se acaba el concierto, lo que te encuentras es un estadio con vasos por el suelo, gente limpiando, un escenario que se está desmantelando. Esto es una ilusión. Nosotros lo que vendemos es lo que los americanos llaman stardust, polvo de estrellas; vendemos ilusión, pero esta ilusión dura lo que dura, es como el truco de un mago. O como una bengala: la enciendes y brilla mucho pero luego se apaga, y se acabó. Pero imagínate a Madonna o a Lady Gaga: mucho éxito, sí, miles de personas aplaudiéndote, pero a las tres de la mañana, solas en su habitación de hotel. Ese tipo de soledad es brutal, lo he visto, lo sé bien. En mi caso, francamente, no le veo el glamour por ningún lado, por mucho que la gente piense que estamos siempre rodeados de mujeres y champán.

-Algo de eso habrá tenido también, ¿no? Vivió precisamente la época dorada...

-Mmmmm... No mucho. Hombre, a ver, me lo he pasado bien. Tengo el privilegio de haber tenido grandes amigos. Y de haber conocido a muchas personas que, antes de ser leyendas, eran sólo músicos. Y por eso pudimos trabar amistades que duran hasta hoy. El otro día me pasé la tarde entera en Barcelona con Keith Richards, y nos reímos mucho, escuchamos música, recordamos cosas, nos lo pasamos muy bien, claro que hay una parte estupenda. Pero ahí se acaba el asunto. Ser promotor es estar detrás de un escenario esperando que nada salga mal y después esperar un poco más a que el último camión cruce la frontera porque sólo entonces acaba el concierto para ti.

-¿De qué concierto o gira está especialmente orgulloso?

-Es complicado elegir, pero es cierto que en el año 98, cuando hice la gira Bridges to Babylon de los Rolling Stones me sentí un poco en la cima del mundo, porque a diferencia de otras giras anteriores del grupo, como la del 76, que puso a España en el mapa, o la del 82, que también fue muy importante, el año 98 fue especialmente dulce porque el montaje de los conciertos fue realmente mega-mega-mega y además me lo pasé realmente bien.

-Se quedó con las ganas de traer a España a una debilidad suya, J.J. Cale. ¿Alguna otra espinita clavada?

-No. Bueno, sí, pero se habían muerto ya. Jimi Hendrix, los Doors, Marvin Gaye. Poco podía hacer. Tal vez de la baraja sólo me faltasen Prince y los Dire Straits, no creo que muchos más; coño, ¡si es que los he traído a todos!

-¿Se le cayó algún mito a los pies después de tratarlo personalmente?

-En realidad no, porque hay muchos artistas a los que ya ves venir. Yo admiro muchísimo musicalmente a Van Morrison, pero sé que es un tío imposible, entonces nunca fui a saludarlo. A mí me pagan, o mejor dicho, me pago yo, por hacer un buen trabajo, no para ser simpático; si encima puedo serlo, estupendo, pero si no, pues mala suerte. Lou Reed, con el que he hecho multitud de conciertos, era insoportable, y como yo lo sabía jamás le dije siquiera "hola, buenos días". En este aspecto siempre he ido a mi bola. Ir a darte coba no está en el contrato.

-¿Algún gesto que todavía le emocione?

-Hombre, que un artista te devuelva medio millón de dólares en los años 80, que serían unos dos millones de euros hoy en día, esto no ocurre nunca. O pocas veces. A mí me ocurrió con Sting, después de una cosa que quisimos hacer con los Police y, bueno, bien no salió, no. Por eso yo siento una especial debilidad y gratitud hacia él.

-Dice que se arruinó no una ni dos, sino tres veces. ¿Cómo se levanta uno de ahí?

-Pues poniéndose de pie [risas]. Así de simple. Si te caes, te levantas. O te quedas en el suelo y se acaba la película o te levantas y lo intentas otra vez. No hay más.

-Si estuviera empezando ahora, tal como está montado el negocio de la música en directo, ¿se volvería a meter en él?

-No. Porque si lo hace todo el mundo, ya no me interesa. Yo tengo una premisa en la vida: si todo el mundo va a la izquierda, yo cojo por la derecha, o viceversa. No me gustan los caminos que están trillados, nunca me interesaron. Dicho esto, superado el bache por la crisis y el maldito IVA, el panorama lo veo estupendo, la industria está remontando.

-Hablaba antes de que se crió con una visión abierta y cosmopolita del mundo. ¿Cómo está viviendo la situación en Cataluña?

-[Largo silencio] Aquí no quiero entrar. Prefiero hablar de música que de política.

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