Un recital de cante no solamente flamenco

El pasado viernes en La Lechera, María del Mar Fernández pudo plasmar su idea de hacer algo propio y, a la vez, distinto. De su experiencia en el cante de atrás le debe de venir la gran solvencia que muestra en la escena, pero también el deseo de no repetir lo que supone su trabajo habitual. Por eso configuró un espectáculo con el que poder mostrar que puede cantar por todos los estilos, flamenco, fusión, bolero… y para todos los públicos. "En él soy yo y en todas mis facetas", había declarado antes de la actuación. Contó con un ramillete de buenos músicos, la mayoría de ellos venidos expresamente desde Madrid para la ocasión. Se trataba de compañeros suyos del N.B.E. Compañeros y también amigos, pues, en la despedida, la cantaora aclaró que lo habían hecho desinteresadamente. Con los presupuestos que se manejan, no se entiende de otra forma. Así, María del Mar estuvo acompañada por Gaspar Rodríguez a la guitarra, Enrique Terrón en la percusión, Diego Villegas en saxo soprano, flauta y armónica, y el gaditano Diego Montoya en las palmas.

Desde el inicio hasta el final de su actuación, María del Mar dejó patente sus ganas de marcar su sello y hacer algo distinto, un deseo que estuvo presente en la elección de los temas y en la forma de interpretarlos. Arrancó así con un tema fusionado en clave de rumba, una composición que es regalo de una compañera. Y al final, solicitó la presencia del músico y compositor cubano afincado en Cádiz, Alejo García, para hacer dos de su autoría y con su acompañamiento. Especialmente reseñable fue el conocido bolero Besos usados en el que puso dulzura y garra a partes iguales. Por en medio, hizo alegrías y una larga tanda de tientos rematada por tangos en los que dio muestras de su dominio de los tiempos, cantando con templanza y poderío a la vez y con recuerdo a La Niña de los Peines. Cantó, además, con los apuntes de saxo de Diego Villegas, un acompañamiento que al principio uno extrañaba, pero que terminó por resultar convincente. También quiso acompañar al baile y lo hizo para la soleá de su compañera Guadalupe, quien se ciño al canon con soltura y sin estridencias.

Manejando a la banda como si hubieran tocado juntos toda la vida, la cantaora ejerce en la escena un carisma especial. Una mirada suya, y todo estaba en el sitio requerido. Como al final. Porque María del Mar no quería terminar su actuación por un típico fin de fiesta por bulería, pero, a petición del público, sí que entregó unas pinceladas. Desde el mismo inicio mandó parar, y dijo los cantes sin prisas, recalcando su sentido. Al final de la tanda, recurrió a La Perla, se descalzó y se marcó una pataíta.

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