Crítica de Cine cine

Cuando la realidad supera a la ficción

Tom Cruise, junto a Domhnall Gleeson, en una escena de la muy entretenida 'Barry Seal: El traficante'. Tom Cruise, junto a Domhnall Gleeson, en una escena de la muy entretenida 'Barry Seal: El traficante'.

Tom Cruise, junto a Domhnall Gleeson, en una escena de la muy entretenida 'Barry Seal: El traficante'.

El caso de Doug Liman es el de un director tobogán. Entre 1994 y 1999 dirigió basurilla (Gettin In, Swingers, Viviendo sin límites). En 2002 realizó una película notabilísima de éxito extraordinario que cambió la historia del thriller de espionaje (El caso Bourne) dando origen a una saga que hasta 2016 ha sumado cinco títulos. Pero dejó la dirección a otros y sorprendentemente volvió a la basurilla (Sr. Y Sra. Smith, Jumper) para recuperar el pulso -de forma ciertamente irregular- a partir de 2010 (Caza a la espía, Al filo del mañana, The Wall) y ahora ofrecernos su mejor obra, un thriller tan redondo, vertiginoso y entretenido como las fantasiosas aventuras del imbatible Bourne. Distinto, porque se basa en complejos, retorcidos y oscuros hechos históricos, pero igualmente absorbente y monopolizado por la presencia focal de un personaje irresistiblemente atractivo pese o gracias a su nada ejemplar pero electrizante vida.

Se trata de Barry Seal (1939-1986), jovencísimo piloto de líneas comerciales que fue colaborador de la CIA, narcotraficante al servicio de los carteles, informante de la DEA (la agencia contra el narcotráfico) y mercenario de la CIA infiltrado en los asuntos más sucios relacionados con el narcotráfico y la política exterior estadounidense en Latinoamérica, singularmente la provisión de armas a la contra nicaragüense con fondos obtenidos del narcotráfico que enlazan la Agencia y los carteles de Medellín y Guadalajara.

La vida de esta persona real es más aventurera, sucia, conspirativa y arriesgada que la del más novelesco de los personajes. Al igual que las tramas en las que participó, que directa e indirectamente involucran a presidentes -Carter, Reagan-, dictadores -Noriega-, narcotraficantes -Escobar y los Ochoa- y escándalos internacionales -el caso Irán-Contra- superan a las más imaginativas novelas de espías. Varios libros y una película televisiva de la HBO (Doublecrossed, 1991) interpretada por Dennis Hooper se han ocupado de él. Liman y el guionista Gary Spinelli lo convierten ahora en un antihéroe que gracias a sus esfuerzos por asearlo casi llega a parecer un héroe cortado a la medida de Cruise en su mejor trabajo desde Leones por corderos y Valkiria. El problema, además de su blanqueo (y no me refiero a la escena del aterrizaje forzoso -me comprenderán cuando la vean- sino a la obsesión del divo por limar todo cuanto pueda ensuciar su imagen), es que nunca nos olvidamos de que es Cruise. Pero seguro que eso es lo que él quiere.

Liman extrema el estilo que en El caso Bourne dejó antiguos los thrillers de espionaje sumando un montaje vertiginoso (pero no cansino en su paroxismo, como sucedió en las otras películas de la saga), un atrevido uso de la imagen documental para fijar la realidad de los hechos y poner en la picota la administración estadounidense, un igualmente atrevido sentido del humor que afila la crítica política sin restar tensión a la acción espectacular -el director ha reconocido su deuda con referentes scorsesianos como Uno de los nuestros o El lobo de Wall Street- y una tan atractiva como desconcertante forma de abordar con ligereza lo serio, sucio y complejo. Una empresa difícil de la que Doug Liman sale triunfador pagando el precio de la superficialidad. Pero es tan entretenida que sólo cuando termina es posible preguntarse sobre la ética de utilizar temas tan graves para urdir este vertiginoso entretenimiento que hipnotiza mientras dura.

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