La proeza manouche de La Mala Reputación

  • Gran y didáctico concierto del quinteto encabezado por Felipe del Cuvillo en la cita de La Noche Abierta

A las ocho de la tarde-noche, el ambiente en la calle Real de San Fernando no podía ser más apropiado para la revisión en clave manouche de la obra del poeta francés George Brassens: perros de toda condición, niños intratables, saltimbanquis, señores mayores, sujetos de mediana edad cultivados y alguna que otra pareja de jóvenes avezados atraídos por la curiosidad.

En definitiva: el habitual tráfago de la ciudad frente a la Iglesia Mayor, bajo las luces navideñas mecidas por un poniente recio e insidioso y junto a las farolas amarillentas que dotaban al escenario de unas propiedades mágicas, casi parisienses.

A las ocho y cuarto, Paúl Laborda, José Gregorio Lovera, Matías Comino y Rafa Torres se auparon al escenario practicado en el corazón de la ciudad para presentarse con Minor Swing, el tema más conocido de Django Reinhardt. Precioso el eco de los punteos gitanos de Laborda contra las paredes de la Iglesia Mayor. Un cuarteto instrumental preciso e inspirado.

Tras la introducción swing de La Mala Reputación, Felipe del Cuvillo se personó sobre el escenario para presentar el repertorio. Buen orador: cercano, simpático, alegre y con capacidad para hacer de cada canción una perfecta ilustración de otro tiempo de poetas malditos.

Maman papa, que describe la infancia de Brassens, sirvió para tomarle el pulso a la voz de Felipe, quien dedicó la canción a sus padres: cuerdas vocales bien templadas, habilidad para arrastrar las erres sin caer en la parodia y unos registros que me recordaron a un Jacques Brel desnudo de dramatismos, infinitamente más amable y mundano.

El público, como suele suceder en este tipo de eventos, se dividió en dos categorías. De un lado los fieles, que pasaban y se quedaban admirando el espectáculo; del otro, los imprecisos, que se paraban, dudaban, aplaudían y finalmente abandonaban el concierto para seguir con sus cosas.

La mauvaise rèputation (La mala reputación), referida a los años salvajes de Brassens (en realidad, pequeños delitos de joven inquieto), arrancó las primeras ovaciones de la noche, sobre todo cuando el cantante de origen gaditano la introdujo aduciendo que "la mala reputación es inevitable y es la única que merece la pena tener en la vida". Parecía que el público de San Fernando sabía bien de lo que hablaba.

Pero Brassens fue sobre todo un lúcido, sarcástico y crítico compositor de letras amorosas, como se hizo patente con El paraguas, que Felipe del Cuvillo interpretó en español; y, sobre todo, con La tormenta, uno de los mejores temas de la noche que aquel milagro sonoro conocido como La Mandrágora adaptó al castellano hace ya muchos años: introducción a lo Vivaldi con el violín, ambiente fatalista, dramático y truculento, y Paúl Laborda sumando escalas y dedos atropellados sobre la guitarra acústica.

Saturno, una de las más bellas canciones de amor de todos los tiempos, según Felipe del Cuvillo, mostró a continuación la faceta más mitológica y reflexiva de Brassens, que cuestiona el valor del amor en función de su pervivencia en el tiempo.

Después de tres cuartos de hora de concierto, las cartas estaban sobre la mesa. La Mala Reputación alternaba temas puramente manouche, más cercanos al swing y al jazz, con otros registros más populares, más cercanos a la chanson francesa. En los primeros, el tándem de guitarras acústicas tomaba el protagonismo; mientras que en los segundos, el violín (muy a lo Grapelli) de Lovera destacaba sobre las bases instrumentales.

Aunque hacia el final del concierto el cantante de La Mala Reputación admitió que había poco público, lo cierto es que más de un centenar de personas habían decidido quedarse hasta el final, mostrando un especial entusiasmo durante el último tramo del recital.

Destacaron Put On The Tea (inteligente manera de evitar el título real: Putón de ti) y Cuando uno es tonto, lo es, que cuenta con sarcasmo que no es el tiempo el que nos hace ruines o imbéciles; que en realidad siempre lo fuimos.

Yo, personalmente, me quedé con Los amigos primero, y no tanto por la sobresaliente interpretación que hizo de ella La Mala Reputación como por el sentido grandilocuente, romántico y precioso que el poeta francés tenía de la amistad.

Es una suerte de constante en los pensadores y escritores franceses de mediados de siglo. El colegueo, el amor por la conversación, las cafeterías, los bares y el esperpento a ras de suelo que también se halla presente en las vidas y en las obras de Boris Vian, Roland Topor, el gran Serge Gainsbourg, Albert Camus o incluso el primer Jean Paul Sartre.

La Mala Reputación se despidió con un bis sin parafernalias, después de una entrañable hora de concierto, recordando, con mucho humor, que junto al escenario podíamos hacernos con una copia de su primer trabajo; "en el que además no me equivoco", reconoció un siempre risueño Fernando del Cuvillo.

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