El premio de la fama

Los trasvases no son sólo son de los ríos que van a dar la mar, sino que la ficción, como el agua, puede fácilmente pasar de un estado artístico a otro. Shakespeare, por ejemplo, adaptó cuentos populares y episodios de la historia de Inglaterra para sus piezas; por su parte, novelas de éxito como Drácula o Lo que el viento se llevó fueron llevadas a escena, como preludio a sus posteriores adaptaciones cinematográficas. En este caso, con Fama, la corriente ha fluido desde el cine a la televisión, para luego desembocar en el teatro. Tanto la película original, dirigida en 1979 por A. Parker, como la serie, describían los avatares de un grupo de estudiantes de diversos orígenes en una escuela de artes escénicas de Nueva York. La institución, marcada por el espíritu del Teatro del Arte de Moscú liderado por Stanislavski, pretendía la formación integral del futuro artista, al que sometía a una férrea disciplina como pago previo a la fama anhelada. El conflicto entre técnica y academicismo frente a libertad creadora canalizaba una rebeldía con o sin causa, matizada con tintes raciales o de justicia social, desarrollados ampliamente después en la versión televisiva, aderezada además con unos entrañables secundarios.

Toda esta interesante complejidad, sin embargo, ha sido desaprovechada en la adaptación escénica que ha convertido a los personajes en estereotipos, donde lo racial queda justificado por la presencia de algunos personajes hispanos o afroamericanos, reducidos a caricaturas culturales. Los conflictos resultan a veces infantiles o de previsible resolución, abundando los trazos gruesos en los golpes de humor, lo que provoca un trabajo actoral frío y carente de matices. Es la parte musical, como contrapartida, el punto fuerte del espectáculo, sobre todo la interpretación de los temas musicales, donde los artistas ponen toda la carne en el asador. Las coreografías se mantienen a un buen nivel, en su mayor parte de conjunto y de carácter extrovertido, destacando el número de claqué en una conjunción perfecta entre danza e iluminación.

Toda la puesta en escena se desarrolla en una escenografía de carácter realista, a dos niveles, que ocupa todo el alto del teatro y que reproduce las distintas dependencias de la escuela, sirviendo además los supuestos huecos de las ventanas como escondite de la orquesta que interpreta los temas en directo. No faltó la presencia del típico taxi neoyorquino, sobre el que los estudiantes despliegan la coreografía de apoteosis final, como metáfora de liberación frente a la esclavitud de esa fama que les exige como tributo, no sólo sudor, sino también alma, corazón y vida.

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