Arte

El precursor de los alaridos expresionistas: El Greco

  • La muestra exhibe magistrales pinturas y un interesante corpus fotográfico

Enfrentarse a la obra de El Greco (Candía, Creta, 1541- Toledo, 1614), siempre es fascinante. Si hiciera falta alguna excusa para ello, en esta ocasión nos la proporciona del cierre de su Museo en Toledo, para acometer unas pertinentes reformas. Y al hilo de este Museo y su historia, y lo que significara su apertura en 1910 en la nueva apreciación y redescubrimiento de la obra del cretense, gira el argumento de esta exposición, en la que junto a pinturas magistrales se muestra un interesante corpus fotográfico que recoge escenas y personajes que en el Toledo de principios del S. XX protagonizan una de las más interesantes y complejas operaciones de rehabilitación artística de nuestro tiempo.

En efecto, poco después de su muerte la pintura del cretense va cayendo en la incomprensión y olvido. En realidad, también es un poco difícil de comprender cómo fuera tan apreciada por sus conciudadanos, cuyos ojos estaban acostumbrados a todo excepto a esa sucesión de visiones, formas ferozmente anti-naturales, colores de relámpago, que el maestro les imponía sin concesión ni tregua. El caso es que muy a finales del S. XIX y principios del XX, y por diferentes motivos, entre los que se mezclan un cierto regeneracionismo español y las polémicas surgidas en torno al nacimiento del arte moderno, van descubriendo en El Greco un paradigma de lo más esencialmente hispano anticlásico, además de un precursor de todo el Expresionismo que afloraba en el arte europeo de aquellos años.

Los alemanes, que todo lo han estudiado, tercian en la controversia con los estudios de Justi, Meier-Graefe y Mayer, considerándolo ya el ultimo bizantino, ya el primer moderno, mientras que en nuestro país, la monografía de Bartolomé de Cossio, publicada en 1908, sienta las bases para todo posterior estudio serio. Entra entonces en escena un singular y apasionado personaje: el mecenas, marchante y marqués Benigno de la Vega-Inclán, que adquiere una antigua casona en Toledo, la adecua como Museo y la dota de cuantos lienzos puede conseguir del maestro, los hace restaurar y dona todo ello al Estado, siendo una selección de esos fondos lo que ahora podemos ver en el Museo sevillano.

¿Qué vemos entonces aquí en su pintura…? Formalmente, desde luego El Greco se nos ofrece como el gran precursor de las tempestades y alaridos de todo el expresionismo contemporáneo, pero seguidamente hay que señalar el abismo conceptual que media entre él y toda la modernidad. ¡Aun más…. que pobre de todo se ve toda la vociferante modernidad cuando se la compara con el más hondo, elevado, sutil y atronador grito que exhala el pincel toledano, híspido y bronco a la vez que transparente y aéreo…!. Utilizando el término acuñado por Lafuente Ferrari, hay que verlo como uno de los más eximios representantes de aquella veta brava que define una de las trayectorias del arte español, impulso visceral y, repetimos, anti-clásico en el que hay que situar a Valdés Leal, Goya y otros tantos más cercanos a nuestros días, y de los que El Greco es cabal antecesor.

Un conjunto excepcional de pinturas se nos muestra aquí: se trata del Apostolado, que pintado entre 1610-1614 había pertenecido al toledano Hospital de Santiago. Cronológicamente es la última serie de estas características realizada por el maestro. Las figuras de los apóstoles concebidas en tres cuartos, están resueltas con soberbia soltura, dejando inacabadas algunas zonas. El color centellea entre los verdes-amarillos duros y ácidos y las pinceladas-rayos anaranjadas y rojizas. Los rostros de esos varones se transen de un vehemente movimiento interior y alucinado. En medio de ellos, marcando un centro sereno e inamovible, la figura del Salvador, cuya frontalidad es un recuerdo bizantino, es remanso atemporal y silencioso. Stat Crux, volvitur orbis.

Las referencias a la cultura clásica, que sin duda poseía El Greco, se hacen patentes en la Sagrada Familia, pintada entre 1580-85. Tela de curiosa historia, la figura masculina que en la parte posterior derecha mira al espectador, sin parecer estar muy integrada en la composición, estuvo oculta hasta que una limpieza reciente del lienzo la rescató de los celajes que la cubrían. Bajo esta figura…tal vez San José o un donante, un niño, tal vez El Bautista, adopta la iconografía de Harpócrates, dios helenístico del silencio. Cubierto con ¿piel de lobo?, lleva una de sus manos a sus labios con gesto silenciario, mientras que con la otra sostiene un frutero de cristal conteniendo melocotones, fruta que por un alambicado motivo se relacionaba con el permanecer callado. El niño Harpócrates pide silencio no sólo para no turbar el sueño del Niño Dios que descansa en el regazo materno, sino también como señal de duelo ante la premonición de su Pasión futura. El pañal con el que Santa Ana va a cubrirlo, es entonces premonición, del Sudario.

Otro aspecto no menor de la obra de El Greco son sus retratos. En esta ocasión podemos ver los de los hermanos Antonio y Diego Covarrubias. De este último se muestra además la replica que del mismo hiciera Sánchez Coello, pudiéndose calibrar la distancia que media entre el naturalismo nórdico y cortesano de Coello y la moderna vitalidad con la que el cretense resuelve la efigie. Mucho más definitorio es el retrato de Antonio. Gran humanista, lo vemos como anciano ensimismado que más mira a su interior, como el que ya ha visto todo, que a lo que le rodea. Su rictus, puede que desengañado, altivo y desabrido es como admonición al espectador. "….no importa lo que hagas -dice- pero no hagas planes".

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