La plaza de mi pueblo

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Francia, 2011. Tamer Ezzat, Ayten Amin y Amr Salama

Hubo un tiempo en que la plaza de mi pueblo fue el ensayo de la utopía, del día aún lejano en que quizás volvamos a ser hermanos (y hermanas). Ya fuera Palillero, Wall Street, Sol o Tahir, los sueños de un mundo mejor acamparon con la esperanza de quedarse. Y aunque cada país tiene sus caminos, hay itinerarios comunes. Este trabajo no tiene pudor en su punto de vista absolutamente subjetivo de apoyo a los indignados egipcios a los que ensalza en el apartado "Los buenos", primera de las tres partes en que se divide y que se continúa con "Los malos" -dedicada a las fuerzas de seguridad, es decir "represión"- para finalizar con "Los políticos", título que no necesita aclaración. Se trata de un documental clásico que describe detalladamente, aunque con un cierto desorden reiterativo, lo ocurrido en Tahir, destacando el afán, común a otros fenómenos similares, por documentar lo que estaba sucediendo, como conciencia plena de la vivencia de un momento histórico. El ritmo decae en el segundo apartado del largometraje, pues es insistente la auto justificación de los implicados que no necesitan a nadie para desprestigiarse. Sin embargo, tiene lugar un repunte interesante en el irónico decálogo de cómo llegar a ser dictador, donde se recuerdan conocidas fórmulas "orwellianas". El final, evidentemente, no lo es tal, pues la revolución y las protestas continúan aunque, conociendo la situación actual, es inevitable preguntarse si no se ha salido del fuego para caer en las brasas.

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