Las pinturas de Fernando Rubio

  • El artista de Chiclana protagoniza la exposición de la galería GH40. En esta serie de lienzos, su gusto por el arte del pasado, sobre todo del Barroco, se traduce en la precisión del dibujo y el rigor del claroscuro

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No son muy frecuentes las exposiciones individuales de Fernando Rubio (Chiclana, Cádiz, 1952). Las últimas tuvieron lugar en los años 95 y 98 del pasado siglo, en el Museo Cruz Herrera, de la Línea, y en la Galería Quattro, en Leiría, Portugal; por ello es esta oportuna ocasión para apreciar la madurez de un artista que vive y trabaja muy en solitario, muy al margen de modas y acontecimientos, centrado, como ahora se ve, en la búsqueda y hallazgo de una dicción pictórica, que a la vez siempre va volviendo sobre si misma, al tiempo que afina y depura el oficio, alimentando el imaginario que plasma en sus telas con nuevas sugerencias y aportaciones.

Pintor figurativo, desde muy joven ha encontrado en la Historia del Arte suficientes argumentos como para colmar una parcela importante de su producción. Habituado a mirar, remirar, y mirar de nuevo, el arte del pasado, lo trata con la familiaridad que se usa con un amigo cercano. Su apasionado interés, ya en su adolescencia, por la pintura barroca, y muy especialmente por Zurbarán, ha provocado que fije en las formas y conceptos del maestro, el ejemplo que seguir y asimilar. Así, en las pinturas de Rubio, cobra más interés la precisión del dibujo y el rigor del claroscuro, que lo "des-hecho atmosférico", dotando a sus figuras de una proximidad y verismo notables. Al modo de su maestro, suprime lo azaroso y contingente del aire y sus cambios lumínicos. Él pinta y afirma, señalando al espectador: "esto es lo que hay…ni más, ni menos".

Esa suerte de familiar comentario, antes aludido, sobre algún aspecto de la historia de la pintura, viene ejemplificado, en esta exposición, en la tela Sevilla, 1675-El Paso, 2008, en la que de igual manera repite unos recursos formales: la grisalla y el trampantojo, usuales en su pintura. Esta, en concreto, trata del hallazgo de un cuadro en un lugar insólito o imprevisto. Una tela que Murillo pintara para la Catedral de Sevilla en 1675 es descubierta por el artista en el desierto sureño de Norteamérica. La obra de Murillo, copiada como una grisalla, sirve como fondo para el verdadero tema del cuadro: una mano que sostiene una varilla metálica, marcando una horizontal en la zona superior del soporte, y a la que está sujeta una tarjeta identificatoria, proyectando todo ello sus sombras sobre el Cristo-pared.

Desde luego en otras obras la ambivalencia entre lo visto y lo representado es más incisiva. En La plata un joven con vaqueros, gorrilla roja y torso desnudo, surge de la oscuridad del fondo ofreciendo al espectador un trozo de papel de aluminio. Está claro que lo que ofrece es droga. Rubio no permanece indiferente ante esa figura y la dota, sutilmente, con los atributos del Mal. Incubo y Súcubo a la vez, su rostro lanza una mirada profunda, que fascina y destruye al que no sabe oponérsele. El cuerpo de esta contemporánea iconografía del Demonio, esta bañado en una mórbida luz lunar, abundando ello en su aspecto nocturno-negativo. Luz plateada que brilla en la plata que contiene el regalo peligroso. Blanca luz lunar que descubre en este muchacho, dador del engaño y del placer sombrío, al anti-héroe tenebroso, al que necesariamente ha de oponérsele el héroe solar, franco y sereno que lo venza.

De nuevo el juego de las ambivalencias es notorio, de forma tal vez más directa en Agua estancada. Una ciénaga y unas rocas lodosas cierran la zona inferior de la composición, tras las cuales se alza un muro pétreo. Arriba, en el tercio superior de la tela, se abre un celaje tranquilo por el que vuela, lejana, un ave diminuta. Vuelo que se alza sobre el fango terreno y sobre el que el propio artista escribe: "El ansia de elevación hacia un cielo límpido y terso. Volar alto. Volar bajo. El agua corrompida y sucia que provoca el placer y el sufrimiento".

Hemos hecho referencia antes a la necesaria presencia del héroe solar. Helo aquí representado en la tela Altes Museum. Berlín. Un joven jinete alancea a un león. De nuevo otra grisalla. Esta representa uno de los grupos escultóricos que ornan la fachada del Museo Antiguo en Berlín, proyectado por Schinkel. Aquí el vigor, la fuerza, la inteligencia que mueven y doman la naturaleza, se oponen con su dinamismo a la anterior pasividad del joven de Luna que tiende una trampa.

Casi podríamos decir que Rubio en estas dos telas plantea, y en las consecuencias que podemos extraer de su comparación, el antiguo tema de las dos vías, o la lucha entre Virtud y Vicio. Dos telas que habría que mirar, como ahora se ven, una cercana a otra, pues como en un díptico, encierran un anhelo y una advertencia.

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