arte

La pintura sin tiempo ni espacio

Manolo Cano es de nuestros artistas gaditanos con más fortaleza pictórica. Lo hemos comprobado en cuantas ocasiones -no excesivas por ser un pintor que no se prodiga en exceso- ha presentando su obra, y lo sabemos de sobra por ser un pintor del que siempre estamos al tanto por ser uno de los que más confianza ofrece y artista seguro cuando se convocan muestras grupales. Además, a Manolo Cano la exigente -también envidiosa- profesión artística le tiene la máxima consideración, lo que dice mucho a favor de un pintor que no ofrece -ni ha ofrecido nunca- la más mínima duda artística. Ahora, Manolo Cano llega a su galería de siempre, a su casa, allí donde probablemente más buenos desenlaces ha tenido su obra y donde se nos han ofrecido mayores resultados expositivos -acordémonos de aquella muestra donde los patios gaditanos y sus aljibes tanto entusiasmo levantaron tanta huella dejaron en el recuerdo de todos-. Vuelve, de nuevo, a la galería de Fali Benot con una muestra hecha de bellos retazos que testimonian el poder absoluto de una obra donde la realidad pierde sus epidérmicos contornos para mostrarnos solamente sus expresivos y determinantes relatos ilustrativos.

Manolo Cano es un pintor muy versátil. Sabe manejar con exquisita solvencia las más variadas experiencias. Por eso, lo hemos encontrado como un espléndido retratista -el de Manolo Alés es una obra maestra que nos lo eternizó y que muchos conservamos en la memoria y en el alma- que sabía captar con mínimos las muchas circunstancias de los personajes; se ha adentrado en discursos casi no figurativos con la plástica marcando situaciones de máximo expresionismo y hemos contemplado sabios registros de una figuración en los que la realidad, sutilmente distribuida en una amalgama de pura esencia compositiva, recreaba esos leves retazos donde se manifestaba el pretérito condicionante que marca las distancias con un presente heredero y acusador y que difumina los tiempos en entrañables situaciones de un Cádiz silente, doméstico y hacia dentro.

La exposición se surte de los episodios ilustrativos que, ya en 1995, conmovió en aquella magnífica serie de aljibes, que una década después volvió a retomar con la inclusión de escenas de patios y escaleras y que, ahora, sabiamente descubre en fragmentos a modo de especiales caleidoscopios donde tan particular escenografía parece como si se le hubiese rescatado de una dimensión presentida, marcada por la huellas imborrables del recuerdo. En esta pintura el tiempo juega un trascendente papel. Su incontrolable discurso está más que patente, pintado con esa manera tan personal de Manolo Cano que ilustra aplastantemente la realidad pero sometida a la identidad arbitraria de lo intemporal, con esas formas casi imposibles, extremas, sabias y emocionantes. Sus casapuertas, sus aljibes, sus escaleras, esas losas magníficas que reflejan el paso pausado del tiempo y que dejan constancia de un bello envejecimiento nos conducen por el testimonio acertado de un artista total, que sabe recrear la función de una pintura que huele a eternidad.

La pintura de Manolo Cano supone una posibilidad única para encontrarnos con uno de los pocos testimonios artísticos que nos queda donde la atemporalidad del arte se manifiesto en todo su sentido. Asunto que se debe aprovechar.

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