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La pintura eterna de un artista imperecedero

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Lolo Pavón se fue a decorar el cielo. Algo parecido dijo la hija de Lolo cuando éste se fue para siempre, muchísimo antes de lo que debiera haberlo hecho. Se fue el esposo, el padre, el amigo… y el artista grande, inmenso; el artista distinto, sabio y especialísimo. Aquel Lolo único que nos dejó particulares retazos de una obra distinta, personal e intransferible, aquella que transcribía una realidad salida del alambique feliz que era Lolo. Pero Lolo se fue a decorar el cielo

Yo lo conocí en 1991, de la mano de Diego Gadir y su fortaleza creativa, distinta, a contracorriente, me entusiasmó y lo introduje en aquella muestra en la que estaba trabajando y que fue la primera que tuve el honor de comisariar. Desde entonces tuve la obra de Lolo entre mis predilecciones artísticas. Su universo disparatado y jocoso creaba un hilo de emoción que engachaba.

Hoy, cuando ya no está, la galería isleña, aquella que fue la última donde se acogió su trabajo, se convierte en el centro aglutinador de todas las miradas que la obra de Lolo patrocina; homenaje al artista desaparecido y homenaje a una de las obras con más fortaleza plástica, ingenio creativo y feliz desenlace pictórico que ha existido en este panorama artístico de medianías, adocenamientos y tonterías.

La obra de Lolo Pavón manifiesta lo que era Lolo Pavón, un pozo de especial sabiduría donde se daba cita un arsenal de felices imágenes que conformaban un mundo de jocosas circunstancias. Lolo pintaba una realidad más entusiasta que la real, más extrema que la mediocre que tenemos, más colorista que la gris en la que nos movemos y más intensamente feliz que la que nos hace sufrir día a día. Por eso, su hija Lola que, en su infinita inocente sabiduría, atisbó que, incluso, la eternidad en la que, ahora, vivía su papá, podía tener un color aburrido y triste, pensó que su papá la pintara con sus felices y extremos colores. En la pintura de Lolo se han definido muchas circunstancias que contenían y planteaba un universo sin complejos, donde todo es mucho más sencillo, con lo esencial y básico marcando rutas que dejan circular episodios pararreales, con personajes sin vergüenza, felices, ingenuos y sin las determinaciones inquisitoriales que impone una sociedad alienante y absurda. Los personajes de Lolo se ríen de lo que son y como son, se mofan de su entorno, de sus desvirtuaciones sociales, de las tonterías de un mundo de absurdos.

Lolo Pavón pintaba como sentía, como vivía y como era. Su obra nos ha dejado su huella imperecedera; una pintura sin complejos que no deja indiferente y que nos sitúa ante los horizontes diáfanos de uno de los pintores con un lenguaje más personal de cuantos existen en nuestro universo artístico cercano.

Desde estas páginas agradecer a la galería Gh40 este homenaje merecido a uno de sus mejores artistas, a un hombre bueno que hizo feliz a todos y que nos dejó una obra tan feliz como lo era su autor. Nosotros nos sentimos orgullosos de haberlo conocidos y de haber gozado infinitamente de su eterna obra.

Lolo Pavón. Galería GH40. San Fernando

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