Dos pianos y tres países

Programa: 1ª parte: Homenaje a Isaac Albéniz; 2ª parte: Danzas de América. Lugar: Claustro de la iglesia de San Francisco. Día: 25 de mayo. Asistencia: Casi lleno.

En el claustro todo estaba preparado para el encuentro con el público gaditano de dos pianos y tres compositores iberoamericanos: Cuba, Argentina y España.

Y el claustro dijo "Aquí estoy, como todos los años". Y, como todos los años, los cuartos, las medias y las campanadas de las horas fueron sonando en el campanario de San Francisco, en un intento de añadirle percusión a todo lo que suena dentro, sin conseguirlo, al menos con armonía -aunque no tengo muy claro cuál sería la opinión de Arnold Schönberg al respecto-.

Este año, al sonido de las campanas, además se unió al concierto un espontáneo e impetuoso coro de golondrinas que manifestaron claramente sus preferencias por la música de Albéniz, y lo digo porque cuando las dos pianistas y hermanas Ivón e Ivet Frontela abordaban al piano temas más enérgicos, como los de Piazzolla, por ejemplo, las avecillas optaron por no contribuir al espectáculo musical. Bucólico, aunque en el centro de Cádiz.

Las dos partes del concierto programado para la noche del martes 25 en el XXVI Festival fueron muy diferentes. Conceptual e interpretativamente hablando.

La primera parte, dedicada enteramente a homenajear al genial pianista y compositor Isaac Albéniz a través de sus obras Navarra, Granada, Castilla, Rumores de la Caleta y Aragón de la Suite Española, nos mostró una faceta de ambas hermanas francamente buena, tanto cuando interpretaron a dúo las piezas Navarra y Aragón, como cuando hicieron lo propio por separado, cada una de ellas, con el resto de las obras de Albéniz.

Sin embargo, y sin que ello suponga desmerecer la capacidad interpretativa de las cubanas, esta primera parte del programa pareció responder más a un compromiso, -quizás por el hecho de que el concierto se desarrollara dentro de un festival en Cádiz-Andalucía-España-, que a una razón artística, estética o de concepto del programa.

Tal vez fuera esa la razón por la que, en mi apreciación, no se las viera en esta fase del concierto tan desenvueltas y seguras como en la segunda parte del mismo, dedicada a danzas americanas. Sencillamente lo que ocurrió es que cuando empezaron a interpretar el Danzón cubano de Aarón Copland, o El manisero de Moisés Simmons, de repente de ambas artistas salió lo mejor, aunque a priori no fuera lo mejor del programa sobre el papel. Excelentes fueron las interpretaciones de las obras de Piazzolla: Gran Tango, Tangada y Verano Porteño, así como la Camagüeyana del compositor cubano Ignacio Cervantes (1847-1905). Lo mejor de la noche. A estas alturas del concierto todas las piezas fueron interpretadas a dúo, lo que, además, contribuyó sin duda a darle espectacularidad al programa.

Toda la fuerza interpretativa de estas dos pianistas cubanas residentes en España salió a relucir, como si las partituras depositadas sobre los atriles de sus pianos fueran parte integrante de ellas mismas. El público asistente lo pasó muy bien, y en respuesta a los aplausos hubo una propina: Adiós Nonino de Piazzolla en una versión muy especial para dos pianos, que dejó en el público la estupenda sensación de haber asistido a un concierto de piano verdaderamente iberoamericano.

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