Una pareja de enamorados que descansa a cien metros del océano

  • Un recorrido por la excavación traslada al visitante a un poblado escondido durante cuatro mil años

Como los esqueletos que emergen de su necrópolis, así, como un esqueleto, emerge la estructura de un poblado en el que convivieron más de medio millar de personas a cien metros de la línea del mar, donde ahora se sitúa Camposoto, en San Fernando. La historia les ha concedido cuatro mil años de ignorancia, pero las obras de construcción de un campo de hockey municipal, que se mantienen peligrosamente junto a la intervención, levantaron de su descanso un hallazgo de carácter histórico, valga la redundancia.

Sólo hay que cerrar los ojos, o mejor, abrirlos muy bien y escuchar las minuciosas explicaciones del equipo de arqueólogos para trasladarse en un onírico paseo por este poblado descubierto tan sólo unos meses atrás, aunque es en estos días cuando se calibra su verdadera relevancia. El descubrimiento procede del Bronce Antiguo, cuando la población ocupaba promontorios costeros como éste. Así, sobre una ladera, en la parte más alta de la localidad, caía este poblado, en cuyo punto más alto se situaba la acrópolis, justo donde está planteado construir el segundo Punto Limpio de la localidad. De esta manera lo marcan los dos fondos de cabaña encontrados y sepultados ya bajo la grada de estas instalaciones, en la cara oeste de la excavación. Debe haber muchos más. Quizá nunca se sepa.

En la zona central del poblado, algo escorado sobre el norte, se sitúan una serie de pozos, al menos cuatro, sobre los que aún se desconoce el uso concreto. Se han sacado hasta cuatro metros de tierra y tienen entre cuatro y seis metros de diámetro. Sólo dos están al descubierto, uno a medias. Pero la auténtica joya de la intervención es la necrópolis, ubicada más al este, con la firme sospecha de que existió un pasillo que la conectaba con la acrópolis, lo que, de confirmarse, incrementaría aún más el valor de la intervención. En ella ya han aparecido 80 tumbas, con esqueletos enterrados en posición fetal, de distintas edades y clases sociales. Las pruebas señalan que ya entonces éstas existían porque, en eso, la sociedad sigue sin haber cambiado.

Desde fosos cavados en la tierra y tapados con lajas de piedra hasta cistas -tumbas construidas con estas piedras- con restos de joyas y armas, en los que también están presentes tonos ocres, un pigmento que se empleaba sobre aquellos miembros destacados de la tribu. En una de ellas ha sido hallado el cadáver de un niño con un collar cuyas cuentas conservan hasta la hendidura por la que se ensartaban. En otra, una pareja de enamorados aparece abrazada. Según los primeros cálculos, ella contaba con entre doce y quince años y él tenía poco más de veinte. Juntos, yacen desde hace cuatro mil años a los pies de un mar que ya no se vislumbra.

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