La negativa del 98 a la invitación del 27

  • Se cumplen 85 años de la reunión poética de Sevilla para homenajear a Góngora en la que desde su destierro francés se negó a participar Unamuno

El más poeta de la generación del 98 no quiso estar con los poetas del 27. El 15 de febrero de 1927, una serie de ellos, incluidos seis de los que aparecen en la foto del Ateneo -Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Federico García Lorca y Rafael Alberti-, escriben a Miguel de Unamuno a su autoexilio en Hendaya, para que se sume al homenaje a Góngora en Sevilla en el tercer centenario de su nacimiento.

La misiva le llega en pleno paso del ecuador de su alejamiento de España, esos seis años entre la orden de destierro que inicia el 11 de marzo de 1924 en Fuerteventura y su regreso por Irún tras la dimisión de Primo de Rivera el 9 de febrero de 1930. Unamuno se va a negar por razones estéticas y éticas. De las primeras, les dice que a Góngora lo leyó "deprisa y flojamente, y no logró congeniar con él", según la biografía de Unamuno escrita por Jean-Claude y Colette Rabaté y publicada por Taurus.

Más sabroso es su alegato ético. "¡Harto triste es que el duro oficio de ganarme la vida de cada día me obligue alguna vez a ciertas transacciones! Y ustedes, algunos de quienes son servidores asalariados del Estado hoy prostituido, lo saben tan bien como yo... No me es lícito celebrar a ningún espíritu de la España eterna mientras el ruin inespíritu de Primo de Rivera siga mandando y deshonrando el santo nombre de mi patria".

El 16 de diciembre de 1927, cuando los poetas convocados por el torero Ignacio Sánchez Mejías inician el homenaje, Rafael Alberti cumple 25 años. Son los hijos generacionales y lo podían ser biológicos de un Unamuno ya sexagenario. Pese a su airada negativa, no le van a guardar rencor. Algunos de los participantes en el homenaje a Góngora, como Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego y José Bergamín, firman con otra serie de intelectuales el 22 de julio de 1931 una declaración para proponer a Miguel de Unamuno para presidente de la República.

El intelectual bilbaíno se implica con entusiasmo en el nuevo Régimen, siendo elegido diputado por Salamanca de unas Cortes republicanas cuya primera sesión se celebra el 14 de julio de 1931. Vivió los fervores de la nueva España: el 1 de mayo de 1931 conmemora en Madrid la fiesta del Trabajo con su amigo y paisano Indalecio Prieto y con Largo Caballero. El 2 de mayo viaja a Bilbao acompañado por Queipo de Llano, que representa al ministro de la Guerra, y escuchan La Marsellesa.

Cuando Unamuno regresa a España el 9 de febrero de 1930, Alberti y Cernuda tienen 27 años, el guarismo mágico de esa generación a la que le dio plantón. Lo recibió el alcalde de Irún con la banda municipal y se les sumaron los espectadores que salían de ver el Real Unión-Real Madrid de la Primera División de fútbol.

Los poetas del 27 mantuvieron una buena relación con el catedrático que sería nombrado rector vitalicio de la Universidad de Salamanca y alcalde perpetuo de dicha ciudad. Alberti participa en el banquete-homenaje que le organizan en Madrid. Los biógrafos de Unamuno apuntan varios encuentros con García Lorca, tanto en Salamanca como en Santander, en los cursos de verano del palacio de la Magdalena que se pusieron en marcha en 1934. A Salamanca Lorca va en 1932 a pronunciar una conferencia sobre Arquitectura del cante jondo y visita a Unamuno en su despacho. Hablan del cubano Nicolás Guillén y Lorca le lee una copla sobre el río Manzanares que al catedrático le inspirará un artículo en el orteguiano diario El Sol.

Las pocas referencias a Sevilla en la biografía de Unamuno siempre tienen un poso de amargura. En 1927, el gobierno de Primo de Rivera concede por real orden su apoyo a la organización de la Exposición Iberoamericana, a la que Unamuno se refiere como "la reconquista de América".

En 1935 es propuesto para el Nobel de Literatura, galardón que sí tuvo la generación del 27 en la persona de Vicente Aleixandre en 1977, el año que Alberti vuelve del exilio. El galardón del 35 fue declarado desierto. "Pese a este fracaso, parece confiado para 1936", escriben sus biógrafos. Apuntan en su contra dos circunstancias: su presencia en el mitin que José Antonio Primo de Rivera pronunció con Falange en Salamanca el 10 de febrero de 1935 y la penosa impresión que Unamuno produjo en el auditorio que asistió a su investidura como doctor honoris causa en Oxford, honores que se consideraban un preludio del Nobel.

En el 36 estalla la guerra y el último día de ese año muere Unamuno. Asediado por las dos Españas. No es una metáfora. El 22 de agosto de 1936, el Gobierno de la República, con la firma de Manuel Azaña, lo destituye como rector vitalicio de la Universidad de Salamanca. El 23 de octubre será el Gobierno de Franco, con sede en Burgos, el que lo destituya del mismo cargo. Cuatro días antes, Azaña abandona Madrid para trasladar el Gobierno a Valencia. El Gobierno de Burgos y el de Valencia, las patrias del Cid, contra Unamuno. Una doble y fratricida Tizona.

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