"La mujer que crea ha de deconstruir y construir lo que se ha hecho antes"

  • La autora revisa en su última novela el mito de Medea a través de dos mujeres. Publicada por Siruela, 'Mi amor desgraciado' ha sido finalista del XXI Premio de Narrativa Torrente Ballester

Sarah Ellis, modelo de moral y modales de la Inglaterra victoriana, apuntaba qué no había de preguntarse una dama al levantarse por la mañana. Y esa pregunta era: "¿Qué haré para complacerme a mí misma, o para ser admirada?". Una autoinmolación del yo que alcanzó altas cotas en el pacato XIX, pero que ha sido una constante en la historia occidental. La anulación de la mujer como ser autónomo y lo maternal como concepto absoluto y arrollador son los temas que trata la psicóloga y escritora Lola López Mondéjar (Murcia, 1958) en Mi amor desgraciado, una novela en la que actualiza el mito de Medea.

-Las dos protagonistas del libro, con circunstancias y opciones tan distintas, parten de una situación emocional que no es tan diferente: la negación propia en pro del otro.

-Esa es una característica intrínseca de la mujer. Las dos son, a su estilo, un éxito de lo que podríamos llamar "el patriarcado". En ellas ha triunfado el valor de la dependencia de género. El ideal de amor romántico que hay en Occidente se encarna en Hélène, que no tiene identidad y sólo ama a su marido. Es la hipérbole de lo que se le pide a las mujeres, una entrega absoluta a lo madame Bovary. Y el otro personaje, la española que aparece sin nombre, es igual, es la encarnación del amor maternal y se entrega a su familia. Ambas representan, en un momento determinado, el fracaso de esos absolutos y quería trabajar qué efectos tiene ese ejercicio de enajenación en ambas mujeres. Si te das cuenta, las dos tienen salidas fallidas: la española pretende desvincularse de todo, ser invisible, cree que huyendo se va a poder librar de todo.

-Mi amor desgraciado trata los sentimientos oscuros en la mujer de una forma que no suele hacerse, tocando el gran tabú que es el sentimiento maternal.

-En la cultura occidental creemos que el sentimiento maternal es algo puro y eterno, que una madre va a querer siempre. En la novela, estos valores se ejemplifican en la Madonna de Orleans de Rafael, como representación del modelo mariano de mujer y madre: un amor inmaculado, como la religión nos ha enseñado. Algo tan totalizador es un corsé que se nos ha impuesto: el amor maternal es algo cultural, que no ha existido siempre, que ha dependido de las costumbres y la época. Sin embargo, lo maternal se ha querido hacer parte de la naturaleza e incluso se nos ha quitado la palabra para exponer cómo tenía que ser la experiencia como madres. Hay muchas jóvenes que sienten un reproche social tremendo ante su queja, que no saben conciliar el trabajo con el cuidado de los bebés y la presión de, encima, ser estupendas eróticamente. Como cualquiera puede entender, no se puede llevar adelante todo eso.

-Es que cuesta asumirlo sin sentirse culpable...

-Sí, mucho, incluso tenemos horror a nuestros sentimientos. He de confesarte, por ejemplo, que yo escribí está novela en un año sabático, en el que me fui a París para liberarme, como una de las protagonistas, y fui la madre más enredada del mundo. No podía tolerar lo que andaba escribiendo por las mañanas, y por las tardes, cuando mis hijos volvían del Liceo, hacía de supermadre y me ponía a cocinar como loca para compensar... cosa que no he vuelto a hacer luego.

-El 33% de las mujeres en edad reproductiva en Europa decide no tener hijos. La cifra asusta.

-Ahora mismo hay una vuelta al hogar, por la crisis, y no sé cuál será el porcentaje, pero seguirá rondando el 30%. Qué fracaso el de una sociedad en la que casi un tercio de sus mujeres en edad reproductora, lo rehuyen. Evidentemente, si uno ve que no hay salida fácil, no se arriesga.

-Es curioso cómo ambas mujeres consiguen encontrarse en la soledad. Lo de la habitación propia parece algo necesario también en el ámbito emocional.

-Sí, para la española, por ejemplo, París se convierte en una gran habitación propia para ella. Sale del espacio doméstico y mira a su alrededor, va encontrándose con el mundo como observadora del mismo. Hélène lo hace en la cárcel y recurre a lo pequeño, a lo mezquino. Hay un momento en el libro, cuando Hélène confiesa que ha planificado el asesinato, en el que ya se ve cómo se ha perdido: sin el hombre, el referente absoluto de su vida, sólo es capaz de ver los ángulos oscuros y vive amargada, mientras que la otra protagonista consigue salir de su aislamiento buscando la belleza. Aunque en un momento lo necesita, la española no soporta el aislamiento, necesita a los otros. Hélène, no.

-En el libro está constantemente presente el mito de Medea, la parricida. Una mujer que era, por su condición de sabia y extranjera, triplemente extraña y temida.

-Absolutamente. Como en Medea, y acabo de darme cuenta ahora, las dos protagonistas experimentan una deriva hacia el conocimiento. Medea era temida porque era sabia, y sabía conjuros, hierbas, y todo ese saber la hacía temible, porque en la mujer el conocimiento era peligroso. Las mujeres de este libro parten de una situación de desconocimiento, de no saber, y avanzan hacia un conocimiento que es distinto en cada una, tapando sus lagunas: una, por ejemplo, a través de la geografía, del lenguaje; la otra, a través del arte. Las va llenando la curiosidad, el saber que Medea encarna.

-Comenta que la creación en la mujer ha estado siempre asociada con la reproducción y que ha debido "legitimarse" para tomar la palabra. ¿Qué quiere decir con esto?

-La mujer artista siempre ha sido ninguneada por la historia. Cada mujer que trataba de crear lo hacía sin antecedentes, cada inicio era a partir de una nada. El único objeto valorado socialmente en la existencia de las mujeres han sido los hijos. No existían obras propias, sino que eran pequeños diarios o cartas en relación con los hombres, pero ellas no se legitimaban como creadores, cosa que no podía ocurrir hasta que la mujer no se volviera sujeto, algo que se explica muy bien en La loca del desván. La mujer siempre ha sido el objeto del otro. Como mucho, podía ser el apoyo, la mujer del escritor, su viuda. Y pocas de nosotras se han autorizado como sujetos independientes y autónomos. Toda mujer que crea pasa por deconstruir y construir lo que se ha hecho antes.

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