La mujer Ochoa, el especial tratamiento de la belleza

ENRIQUE OCHOA. Museo Cerralbo. Madrid.

Uno de los grandes artistas plásticos nacidos en la provincia de Cádiz que merece un apartado especial, por su significación artística, es el portuense Enrique Ochoa, del que, en estos días se cumple el 125 aniversario de su nacimiento. Por tal motivo, la Fundación Pintor Enrique Ochoa que dirige el abogado madrileño José Francisco Estévez, nieto del artista, con la colaboración del Ministerio de Educación y Cultura y el patrocinio de una serie de importantes empresas, viene celebrando una gran exposición en el Museo Cerralbo de Madrid; todo un acontecimiento de crítica y, sobre todo, de asistencia de público, a juzgar por la cantidad de visitantes que, día tras día, llenan el bello palacete madrileño. De todo esto, nosotros podemos dar fe al ser testigos de las largas colas que existían en la puerta del museo que se encuentra en la calle Ventura Rodríguez de la capital de España.

Enrique Estévez Ochoa había nacido en El Puerto de Santa María el 27 de abril de 1891. Con su familia marchó a Filipinas donde su padre era oficial de Infantería. Estuvo interno en un colegio de huérfanos de militares en Toledo, siendo la pintura de El Greco su primera influencia pictórica. Comienza sus estudios artísticos en la Escuela Superior de Bellas Artes de Sevilla, trasladándose, posteriormente, a Madrid, donde ingresa en los ambientes artísticos que existían en la capital. Los episodios del Modernismo y del Art Decó lo atrapan, convirtiéndose en uno de sus máximos representantes en España y llevando las escuetas y frías líneas del bello dibujo modernista a su máxima expresión; un dibujo al que dotó de un particular desarrollo ilustrativo, lo que no pasará desapercibido para las principales publicaciones de la época, La Esfera, Nuevo Mundo, Estampa o Blanco y Negro, entre otras, con las que colaborará estrechamente imponiendo un sello personalísimo a sus trabajos que, muy pronto, son valorados unánimemente. Ilustró además las obras de Rubén Darío, máximo autor del Modernismo. En 1936 es galardonado con el Premio de la Bienal de Venecia. Al estallar la Guerra Civil se exilia en París donde permanece hasta 1940, estableciéndose en Palma de Mallorca. En la isla balear se recluye en la Cartuja de Valldemosa donde, también, estuvo el músico Federico Chopin. Murió en 1978, trasladándose sus restos a su ciudad natal.

La exposición del museo madrileño nos permite el reencuentro con uno de los artistas que más y mejor ha pintado a la mujer; una mujer que, en su pintura, aparece en todo su esplendor, quizás, con una cierta idealización, surgida de ese interés creciente por la pintura simbolista que encontramos en sus obras. La mujer de Ochoa expresa delicadeza, dulzura, exquisitez; sabe, con muy pocos elementos compositivos, argumentar episodios de suma expresividad, siempre dejando que la marca femenina ejerza su máxima potestad representativa. La mujer de Ochoa representa la feminidad del momento. Es la transmisora del glamour de los años locos parisinos, manifiesta el ideal femenino de la época, con su sofisticación, su exuberancia, su excesos; pero, también, con su recato, su espontaneidad, su esencia y su absoluta realidad. La mujer de Ochoa es musa y esposa, es local y universal, es real e imaginada; pero siempre es de una belleza exultante. Artísticamente la mujer Ochoa suscribe los modos y las formas de aquel controvertido momento estético que al pintor le tocó vivir, con sus convulsas situaciones plásticas, sus posiciones de vanguardias, sus novedosos recursos, pero, asimismo, con su apego a lo tradicional, su no rechazo radical hacia los sensatos planteamientos de un arte sin tiempo ni edad.

Enrique Ochoa supo ser moderno en sus bellas fórmulas transmisoras de la tradición eterna de la pintura, al tiempo que consiguió abrazar los postulados más clásicos del arte impregnándolos de efluvios de vanguardia. Es un artista significativo de una época muy determinada; un pintor entusiasta en posesión de un lenguaje pictórico sabio, culto, elegante y lleno de sensibilidad. Su tratamiento de la mujer es variado, no circunscribiéndose a un único planteamiento estético. Como ilustrador consiguió alcanzar momentos de inusitada trascendencia; siendo uno de los más solicitados de la época y, también, uno de los mejor pagados. Sus mujeres se nos aparecen planteadas con una gran economía de medios pictóricos, ligeramente esbozados los cuerpos y solventados los rostros con una gran capacidad representativa, un exquisito dibujo conformador y una tenue encarnación que desencadena bellas posiciones ilustrativas.

En la exposición del Museo Cerralbo nos encontramos un extenso recorrido por los distintos planteamientos que Enrique Ochoa realizó en torno a la pintura de elegantes mujeres. En ella encontramos la realidad artística de un gran pintor; de un artista que supo adecuar los muchos sistemas representativos del arte de las primeras décadas del siglo XX a una personal concepción de la pintura, consiguiendo unos modos distintos llenos de solvencia artística y suma trascendencia creativa. Se trata de un artista gaditano importante al que se le ha realizado una extraordinaria exposición a la que ya nos gustaría verla por estas tierras que fueron las suyas.

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