La miseria, más rentable

  • La versión madrileña del musical, que se representa en el Lope de Vega, cuenta con un reparto de lujo que encabeza Gerónimo Rauch, que borda su papel

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"Trabajo y salario, comida y cobijo, coraje y voluntad, para ellos está todo perdido (...) Parecen totalmente depravados, corruptos, viles y odiosos; pero es muy raro que aquellos que hayan llegado tan bajo no hayan sido degradados en el proceso, además, llega un punto en que los desafortunados y los infames son agrupados, fusionados en un único mundo fatídico. Estos son Los miserables, los parias, los desamparados". Con estas contundentes palabras definía Víctor Hugo al núcleo central de su novela Los miserables, uno de los grandes clásicos de la narrativa decimonónica. El escritor, hijo de uno de los mariscales de Napoleón (que por cierto fue el que inició el sitio a Cádiz en 1810) veía ya los efectos de la revolución industrial en la temprana fecha de los años 30 del XIX. Claro que su magna novela fue terminada en 1861, con lo que tuvo tiempo de ver en lo que se convertía Francia bajo los efectos del capitalismo salvaje. El cómodo mundo de su niñez napoleónica, donde su familia era de la elite, se desmoronaba en manos de los nuevos mercaderes, que explotaban sin piedad a los desventurados.

Sea como fuere, Los miserables se convirtió en una máquina de hacer dinero. Su primer editor ganó con ella medio millón de francos en seis años, mientras el autor se comía los mocos en su exilio británico tras oponerse a la monarquía de Napoleón III, sobrino de aquel al que el mariscal Hugo había servido tan bien, incluso ante las murallas de Cádiz. Cuando llegó el siglo XX y con él los nuevos medios de expresión, el cine y la televisión explotaron el legendario duelo entre Valjean y Javert. Hay unas diez películas, incluyendo una con Belmondo ambientada en la ocupación nazi de Francia, e incluso una serie anime japonesa de 2007. Las andanzas de los protagonistas eran muy adaptables a la pantalla, fuera grande o pequeña, pero en 1980 Los miserables tuvo su deriva más inverosímil. Convertirse en un musical teatral. Curiosamente, la idea no fue ni británica ni estadounidense, sino francesa. Claude Schönberg fue el autor de la música y Alain Boublil y Jean-Marc Natel se encargaron de la letras. Se estrenó en París en 1980 y fue un éxito moderado. 107 representaciones y medio millón de espectadores, no demasiado para un espectáculo parisino. Parecía que el espectáculo iba a caer en el olvido y para degustar la desdichada vida de Jean Valjean habría que acudir al libro original, pero no iba a ser así.

Uno de los que vio el montaje fue el productor británico Cameron Mackintosh, que vio que con unos cambios estratégicos aquello podía ser un bombazo. Contrató al propio Schönberg para que hiciese cambios en la partitura y al letrista Herbert Kretzmer para hacer la versión inglesa. Fue un trabajo de tres años pero mereció la pena. Desde su estreno londinense en 1985, no se ha dejado de representar en ningún lugar del mundo. Prueba de su éxito es que en 1992 tuvo su versión madrileña, que aguantó dos temporadas en la villa y corte a pesar de que el musical no tenía en España el predicamento que tiene ahora. En 2010, Mackintosh celebró el 25 aniversario del éxito con un nuevo montaje que es el que ha recalado en el Lope de Vega, de la mano de Stage, la empresa que ha puesto la Gran Vía en el calendario de los grandes musicales. De nuevo ha sido un éxito desbordante. Tanto, que tenía previsto irse en abril pero va a prorrogar hasta el verano.

El éxito de Los miserables deriva de una hábil mezcla de una historia universal como la de Víctor Hugo, utilizar su espectacularidad en escena, cruzar una trama melodramática y política y, sobre todo, un gran nivel musical. De algún modo, lleva a sus últimos límites el modelo impuesto por Lord Lloyd Webber en sus óperas rock. Temas como I Dreamed a Dream, una de las estrellas del musical de Mackintosh, es heredero directo de los grandes standards compuestos por el autor de Evita. Es un espectáculo que tiene un amplio espectro de público. Los que lo ven salen con la sensación de haber visto algo "más grande que la vida". La versión madrileña está totalmente al nivel. Todos están soberbios, aunque hay que hacer mención especial del protagonista, Gerónimo Rauch, capaz de dejar a un teatro sobrecogido con temas como Sálvalo y de dar al complejo, en lo vocal y en lo interpretativo, personaje de Valjean todos sus matices. Uno de los trabajos más impresionantes que uno haya visto jamás en escena.

Aunque puede que la coyuntura histórica ayude al éxito de este musical. Y es que cuando se ven a esos "fusionados en un mundo fatídico" que decía Hugo, agitando banderas rojas, soñando con mundos mejores, fastidiados por los poderes económicos y viendo pisoteada su dignidad, se piensa que no están tan lejos de los que uno se puede encontrar al salir del teatro. O a lo mejor es que el propio espectador es uno de estos miserables del neocapitalismo maltratados por la miseria mundial moral, quien sabe.

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