Una mirada hacia adentro

Los que hemos seguido la evolución del baile de Mercedes Ruiz hemos visto siempre una bailaora visceral, con hechuras, con un nervio en el escenario del que pocas pueden presumir, y que extrapolado al baile propiamente dicho se percibe en seguiriyas, tarantos o alegrías, por poner un ejemplo, de las que encandilan. Llega un momento en el que hay que dar un paso más, llega un momento en el que hay que cruzar el umbral y cruzarlo, sin perder la esencia de uno mismo, no es tarea sencilla. Es un riesgo que hay que asumir y que, como otras tantas cosas en la vida, puede restar o sumar. Si no avanzas, 'es te has quedado anclado', y si lo haces y tropiezas, el tópico no es otro que 'por qué si lo suyo es otra cosa'. Por ello, es de agradecer que en estos tiempos de austeridad alguien tome la decisión, valiente decisión, de buscarse a sí misma con una propuesta arriesgada que se aleja de sus cánones habituales, pero que de una forma u otra irradia una gran verdad, su propia verdad.

Quizás hubo menos detalles efectistas, menos carretillas despampanantes (las que hubo valieron la pena), pero lo que sobró fue talento y baile, el baile, como ella misma ha reconocido, como máxima expresión. Mercedes y su extraordinario elenco artístico demostraron que 'Ella' es, sin lugar a dudas, su mejor creación en términos globales, ya no sólo como bailaora, sino como intérprete y lo que es más importante, como coreógrafa. Y eso que no es nada fácil plasmar con un baile diferentes estados de ánimos, pasar de la euforia a la tristeza, de la melancolía a la inquietud o de la muerte a la vida sin perder el sentido. Si de por sí es capaz de levantar un teatro entero con un arrebato de los suyos, ahora ha encontrado un lenguaje distinto, un contrapunto a su propias sensaciones que demuestran su total conocimiento de sí misma.

Bien es verdad que a lo largo de las casi hora y media de duración encontramos momentos faltos de ritmo o que se alargan en exceso, como la unión de la maravillosa sevillana (de lo mejor del espectáculo por su elegancia y buen gusto) con el zapateado que acaba por ser eterno; o una escenografía que en ocasiones se asemeja demasiado a la de anteriores espectáculos. Son meras puntualizaciones porque esos pequeños detalles ni mucho menos ocultan un montaje global sobrado de argumentos.

Me quedo con Canales y su simpleza a la hora de hacer las cantiñas. No se puede bailar mejor arriesgando tan poco, cuestión de maestría que diría aquel. Ese palillo abajo marcando el compás y ese empaque de torero le bastan para meterse al público en el bolsillo. No necesita nada más. Es puro arte.

Me quedo con el manejo del mantón de Mercedes, es como si formase parte de su cuerpo; con esas muñecas que parecen mariposas en pleno vuelo, o con esa explosión de conocimiento corporal en la guajira que ejecuta con David Lagos. Espectacular.

Pero esa mirada no sería tal sin la música de un guitarrista colosal, como intérprete y como creativo, Santiago Lara, sin la voz clara y embaucadora de Rocío Márquez (una delicia en la nana); sin la conexión sonora de dos trovadores flamencos, Londro y David Lagos, sin la sutileza del piano de 'Lenon', sin el entusiasmo y musicalidad de Perico Navarro, cuya aportación con la percusión está supertrabajada, o sin la labor oscura de López hacia Mercedes que una vez más, y como dice Machado: 'Mas ella no faltará a la cita...'.

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