El mejor Bond desde el canon 'conneryano'

Reino Unido/ Estados Unidos. Acción. Aventuras. Dirección: Sam Mendes. Guión: Neal Purvis, Robert Wade, John Logan (Personaje: Ian Fleming). Intérpretes: Daniel Craig, Judi Dench, Javier Bardem, Ralph Fiennes, Naomie Harris, Bérénice Marlohe, Albert Finney, Ben Whishaw. Música: Thomas Newman. Fotografía: Roger Deakins. Cines: Bahía de Cádiz, Ábaco San Fernando, Yelmo, Ábaco Jerez, Multicines Jerez.

El Bond más importante desde que Connery dejó el personaje. Buena celebración de dos aniversarios, porque Bond cumple este año 60 de su creación literaria por Ian Fleming y 50 de su adaptación al cine. Su importancia se debe a que es la primera vez que se da un verdadero giro positivo al personaje y a la serie. Hasta ahora se le había maquillado y rellenado hasta parecer un zombie o un héroe disecado.

Los mejores Bond siguen siendo los de Connery, rodados entre 1962 y 1971, con la trilogía Desde Rusia con amor, Goldfinger y Operación Trueno en la cumbre. Entre el penúltimo y el último Bond de Connery el personaje se confió al maniquí parlante George Lazemby que malogró uno de los potencialmente mejores títulos de la serie (Al servicio secreto de su Majestad). Era un presentimiento. Cuando Connery abandonó al personaje en Diamantes para eternidad (porque su aventura en Nunca digas nunca jamás es un Bond apócrifo) lo encarnó otro maniquí parlante, Roger Moore, entre 1973 y 1985. Y aún tras él la cosa fue a peor con Timothy Dalton, que lo interpretó -es un decir- entre 1987 y 1989. Después vino el respiro Pierce Brosnan entre 1995 y 2002. Por fin un actor, no un maniquí, interpretaba a Bond. Los cuatro títulos que interpretó intentaron coger el paso al rápido ritmo de cambio del cine de acción, dominado ya por los efectos digitales, las películas de catástrofes y los héroes de cómic. Tras Brosnan, Daniel Craig fue una desconcertante elección -el actor parecía, más que Bond, un malo de Bond- insertado en películas espectaculares y eficaces pero privadas de personalidad. Aunque se evidenciaba la voluntad de borrar las gansadas de Roger Moore y las patochadas de Timothy Dalton, regresando al duro cinismo de Connery o, más aún, a la frialdad del personaje literario -lo que podría simbolizarse en la elección de la primera novela de Ian Fleming para su debut-, Craig no parecía encajar en el personaje. Lo peor era que, para coger el paso, Bond, que en los 60 marcó el ritmo del cine de acción, bailaba al son de las superproducciones de efectos especiales o del nuevo cine de espías tipo Bourne.

¿Qué ha cambiado de Casino Royale o Quantum of Solace a Skyfall? Cuatro cosas. La primera es que se ha incorporado al equipo de guionistas John Logan, que ha probado su talento trabajando con Oliver Stone, Martin Scorsese o Tim Burton. Da un espesor dramático a la vez que ironía a la trama y una definición a los personajes de los que carecían las dos entregas anteriores. La segunda novedad es que ha asumido la dirección San Mendes, el director al que equivocadamente creímos un autor en los días de American Beauty o Camino a Perdición y después nos fue decepcionando con las falsificaciones autoriales de Jarehead o Revolutionary Road. El cine de autor le viene grande, pero la serie Bond tal y como estaba le viene chica: por ello Mendes, más listo que inteligente, más hábil que creativo, ha resultado el tipo idóneo para engrandecerla rodando con maestría artesanal este buen guión.

La tercera novedad se deduce de la segunda: Daniel Craig se encuentra con un gran director de actores -porque eso sí lo es Mendes- que adapta por fin sus aptitudes al personaje; Judi Dench asume, también por fin, el protagonismo que su inmenso talento exige; y las posibilidades de Javier Bardem para encarnar el mal en bruto -demostradas en No es país para viejos, también con extravagancia capilar- son aprovechadas para la creación de un antológico malvado que podría recordar una versión multiplicada del Robert Shaw teñido de rubio de Desde Rusia con amor.

La cuarta novedad es musical: en los títulos anteriores el hábil David Arnold imitaba a John Barry -el imprescindible creador del sonido Bond- dándole un eficaz barniz tecno; en Skyfall Mendes recurre a su compositor habitual, el gran Thomas Newman, y éste crea en su muy personal estilo a partir del modelo de John Barry una especie de interesantes variaciones bondianas.

Gracias a estas cuatro novedades Skyfall es un gran Bond, el mejor desde Connery, simplemente porque no imita servilmente el actual cine de acción: se inspira en él para desarrollar otras potencialidades que, a su vez, son el resultado de la destilación de lo mejor del personaje de Fleming y de su recreación conneryana. Convenientemente adaptadas a un mundo que de la Guerra Fría entre dos bloques ha pasado al pánico disperso provocado por los terroristas con turbante y por piratas financieros con chaqueta y corbata.

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